Leyendas
Here is a basic page layout with a right sidebarEl Halloween de Marsella
Es Octubre, y podemos considerarnos en los días que forman el entorno de una fiesta que poco a poco gana un lugar en nuestro país, “el Halloween”; una tradición que ha sido combatida por muchos, arguyendo en ella un origen anglosajón, una mala influencia de nuestro vecino del norte, que con sus festejos de brujas y calabazas invaden nuestras costumbres.
Y en realidad esto es una injusticia ya que esta tradición tiene su origen antes del nacimientos de Jesús, de un pueblo que quiérase o no es parte de las raíces de los españoles, los celtas que en el milenio I a.C. llegan a Europa en una numerosa migración, la primera importante que habría de habitar Europa, se establecen en lo que actualmente es Francia, España e Inglaterra.
Los Celtas fueron el primer grupo importante en establecerse en la península ibérica, a la que posteriormente llegarán romanos, visigodos y árabes, constituyéndose así de alguna manera en un importante componente de las raza de los españoles y por consecuencia de los mexicanos también, dándonos cuenta que nos guste o no esta fiesta celta es también parte de nuestro origen.
Además el empezar a compartir una fiesta y tradición que antes no hacíamos, como lo es este Halloween, redunda en el enriquecimiento de nuestra cultura, en el aumento de nuestro acervo cultural.
Esta fiesta actual, era en épocas remotas la celebración del Shamaín, que no era otra cosa que el culto al espíritu de los muertos que los sacerdotes de los celtas realizaban año con año. Una fiesta en fondo igual nuestro día de muertos. Es imposible conservar crónicas de los celtas escritas por ellos mismos ya que de manera inexplicaba nunca usaron la escritura y entonces nos son conocidos a través de sus vecinos en turno, como lo fueron los griegos y los romanos, que no siempre los favorecieron con sus relatos.
Uno de los más famosos es el que Julio Cesar plasma cuando realizaba su compaña de la Conquista de las Galias, donde buscaba incrementar la ya muy considerable área del imperio romano. Esta campaña fue una de las más famosas de la antigüedad, donde las legiones romanas tuvieron que demostrar en serio porque eran el ejercito más poderoso de su tiempo. más poderoso de su tiempo. Ahora, basados en ese relato llevamos para ustedes esta historia, que hemos denominado el Halloween de Marsella.
“El Halloween de Marsella”
El misterio del Bosque
El sol empieza de ocultarse, una fuerte brisa que amenazaba convertirse en huracán, se hizo presente en el arbolado entorno. Las sombras de la tarde moribunda comenzaron a rodear el bosque de Lirey en las Galias, era un 31 de Octubre del año 47 a.C., la brillantez reflejada por el lago cercano, terminó por apagarse oyéndose el agitar de sus aguas; ¡el ambiente se tornó siniestro!.
Un hombre, envuelto en una holgada túnica negra con capucha que impedía identificarlo, caminaba por una angosta ladera de una hondonada que llegaba al río, al pisar las hojas caídas de los pinos producía un ruido fúnebre. El heno que cubría las largas ramas de los árboles, rozaba a cada instante el cubierto cuerpo del individuo que a paso veloz esforzaba su marcha.
Se trataba de uno de los sacerdotes más importantes que los druidas podían contar, “Cartafilus”, que silencioso y taciturno se dirigía al lugar donde una importante y determinante ceremonia se iba a realizar. Sin embargo, Cartafilus no era en realidad un sacerdote druida, sino un espía romano que se aprestaba a informar al Cesar de lo que ya muy pronto iba a suceder.
Se oía el cantar de los búhos que resonaban sobre las numerosas piedras salientes que amenazadoras sobresalían de las escarpadas pendientes; la corriente del río, agitada por la fuerza del viento y la prolongada pendiente mostraba un color azul pardoso de donde saltaban los peces. Las hojas de lo árboles, se mecían macabramente de un lado para otro. ¡Los espíritus se habían desatado!
En un promontorio ubicado en las partes altas de la faldas de una gran montaña, se encontraba el campamento romano de la octava legión, la muy conocida Legión de las Galias. Los centinelas apostados en las puertas de acceso, observaban desde su altura la espesura del hermoso bosque galo, pero veían con desconfianza el misterioso atardecer.
En el interior, un grupo de legionarios preparaban las fogatas con las que habrían de calentarse en la inminente noche, un aire fresco recorría a lo largo y a lo ancho de las empalizadas que servían de muros, pero que no lograban que éste se colase al interior. El ambiente era relajado, el ejército se hallaba a la expectativa de la información de espionaje para decidir donde se realizarían los futuros ataques.
Soldados, legionarios y algunos tribunos, se encontraban en los patios de la plaza interior del campamento, observando las maniobras de preparación de la comida. Para tal efecto se había colocado una gran olla de barro sobre una de las más grandes fogatas que iluminaban los curtidos y tostados rostros de los guerreros. Murmullos, platicas y risas señalaban que la faena del día había concluido.
En el Centro del refugio, en la Tienda principal, con toldo rojo sangre, donde las águilas romanas sobresalían en la cúspide, perfectamente montada, con todos lo necesario para su funcionamiento, Julio Cesar, Triúnviro, senador y general en jefe de las legiones occidentales de la República romana, parlamentaba con sus principales asistentes acerca de las estrategias a seguir en la invasión a los galos.
La discusión era agitada, unos sirvientes vaporosamente ataviados, escarcían vino helado, en las lujosas copas de plata de los generales, que sin prestar atención a la maniobra, ingerían abundantemente. El Cesar tenía la palabra y la atención de los interpelados era absoluta.
La campaña emprendida desde hacía más de dos años había resultado más difícil de lo que habría de imaginarse ya que estos celtas estaban decididos a luchar hasta el último esfuerzo antes de permitir que los romanos ocuparan sus territorios.
Afuera, los vigías de las entradas percibieron una luminosidad en los interiores de los profusos árboles del bosque, no tenían idea de lo que pudiera ser ya que las avanzadas de rastreadores colocados en distancias estratégicas del campamento, no habían informado de ningún contingente galo armado. De cualquier manera el suceso no era común. Al poco tiempo, Cartafilus, ya despojado de su falso atuendo de sacerdote se acerca a uno de los puestos vigilantes colocados fuera del campamento e informa al oficial en turno, el peligro que se avecina.
Para el momento de conocer los hechos, el divino Julio como lo llamaban sus soldados, se quedó pensativo preguntándose, ¿Qué era aquella extraña luminosidad? que los guardias habían detectado en medio del arbolado y que Cartafilus señalaba como la proximidad de una importante ceremonia. Su curiosidad fue instantánea. La reciente información tornó el tema a discusión del Estado de Mayor.
Anteriormente habían escuchado acerca de extrañas ceremonias que los druidas realizaban en el interior de los arbolados bosques; ¿pero que hacer entonces?, ¿tendrán estos ritos alguna relación con la obstinada resistencia de los contingentes galos que se negaban a caer?. No era posible saberlo, tendrían que investigar.
La difícil vida militar, los prolongados periodos de inactividad que pasaban en lo que decidían que acción tomar, la falta de diversiones propias de las grandes ciudades como Roma, el tedio que para entonces ya se sentía dentro de la legión y la votación de los generales romanos decidieron a Cesar.
Disfrazado de aldeano con dos acompañantes, Julio Cesar se dispuso a salir de la seguridad del campamento, pronto vería, qué era esa ceremonia del Shamaín que tan aterrados había dejado a algunos legionarios que las habían observado, Además la acción ponía nervio en el grupo, despertando los sentidos y aumentando la emoción a lo desconocido.
A la luz de unas teas que alumbraban el camino, avanzaban los romanos entre lo tupido de los árboles; grillos y búhos eran los únicos seres vivos que observaban el osado desplazamiento de aventureros, que sigilosamente se acercaban a la extraña luminosidad que reflejaba en lo alto del cielo.
A la media hora de marcha, escucharon los débiles murmullos de unos cánticos, tambores y exclamaciones que presagiaban el ya no lejano lugar de la ceremonia. Instantáneamente, el temor sobrecogió a Cesar y sus acompañantes; un extraño escalofrió recorrió la columna vertebral de sus cuerpos. ¿Qué era lo que iban a encontrar?. Sobreponiéndose, escuchando los latidos de su corazón, continuaron en dirección de la ceremonia.
Al cabo de un rato, percibieron el fulgor que las fogatas proyectaban por los alrededores, ¡estaban cerca!. Un claro se percibió como el lugar donde se efectuaban los ritos y de repente, ¡la visión se hizo presente!. ¡Escondidos detrás de un árbol, sus ojos no daban crédito a lo que estaban viendo!. El espanto sobrecogió su espíritu dejándolos paralizados.
En medio del claro, alumbrado por la luna llena, tres enormes fogatas ardían intensamente elevando sus llamas a grandes alturas. Un grupo de druidas vestidos con togas negras se hallaban colocados en circulo en torno a una enorme efigie humana de mimbre. En su interior se hallaban gran numero de hombres apiñados que se sostenían de la tubular estructura humana.
En otro lado del claro, sobresalía un enorme y grueso encino, en cuyo alrededor un grupo de núbiles vestales sacerdotisas, sostenían cada una un pequeño infante de brazos. Ramas de muérdagos colgaban desde las alturas de sus copas, presenciando el espectáculo.
Finalmente a un lado de la tercera fogata, un verdugo sostiene una daga con la que habrá de decapitar a uno de los prisioneros romanos capturado en los recientes combates. Lo acompaña una hermosa sacerdotisa vestida con una ligera túnica, que permite ver el entorno de su simétrica figura; en su mano izquierda sostiene un tambor adornado con un cráneo y que va tocando rítmicamente.
El Sacerdote Mayor, vestido de clara túnica, con un enorme collar de oro resplandeciente, tocaba un arpa que despedía rítmicas notas, se hallaba exactamente en medio del precioso claro. Todos los participantes de la ceremonia se hallaban expectantes. De pronto, a un señal se da comienzo al punto culminante de la ceremonia.
La enorme efigie de mimbre atiborrada de prisioneros de guerra en su interior, fue prendida por uno de los sacerdotes, y entonces el fragor de las llamas fue tal que la luminosidad deslumbro a Cesar y sus acompañantes. ¡Por doquier se escuchaban los gritos despavoridos de los pobres desventurados que morían calcinados en el interior del gigante de mimbre.
En el inmenso roble, donde las vírgenes vestales bailaban frenéticamente con un niño en brazos, se producía un hecho sobrenatural. Las criaturas fueron elevadas a los cielos como ofrenda, posteriormente en un movimiento matemáticamente calculado depositaron a los infantes en el interior del grueso tronco, desapareciendo estos por completo.
Finalmente en el otro tercio del claro, el verdugo decapitaba al soldado romano, exhibiendo la cabeza de éste en lo alto, y colocándola en un altar especial donde por lo visto se le iba rendir un culto especial. A un lado, una fila de legionarios capturados, aguardaban su fúnebre turno.
Despavorido y abatido, Julio Cesar comprendió la peligrosidad de los celtas cuando estos eran dirigidos por sus sacerdotes. Ahora comprendía el porque de la fiera resistencia, sus águilas romanas estaban en peligro. Era necesario acelerar y redoblar el esfuerzo para la conclusión de la invasión.
Las elevadas figuras humanas de mimbre, estaban calcinándose por completo, el olor a carne asada inundaba el ambiente de un aroma nauseabundo. Cartafilus, que se encontraba al lado del Sacerdote Mayor, descubrió el escondidote del Cesar y sus ayudantes. Con el mayor sigilo que era posible, se acercó a ellos, aventando de manera discreta a sus pies, un pliego de pergamino. Uno de sus oficiales lo recogió, entregándoselo a Julio Cesar.
Se trataba de un plano donde se señalaba la ubicación de las fuerzas galas. Esta información era ideal para poder dirigir una operación por sorpresa, que terminaría de una vez con todas la fiera resistencia de la zona de Marsella. Con el mayor cuidado, Cesar y sus acompañantes desaparecieron del lugar de la ceremonia, prestos y veloces, se dirigían de vuelta a su campamento.
Apuntes. -
La guerra de las Galias de Julio Cesar, ofrece un vasto material sobre estos puntos donde los Galos tras arduas y sangrientas batallas fueron conquistados por los romanos.
La eficiencia de las legiones romanas descansaba en gran manera a los servicios de espionaje que elaboraron para estar al pendiente de lo que hacían o dejaban de hacer sus contrincantes, en donde por lo regular infiltraban espías dentro de las poblaciones, así como también buscaron informantes locales dispuestos a delatar los movimientos de los ejércitos locales los cuales compraban al igual de como se hace en la actualidad en cualquier servicio de inteligencia.
Los sacerdotes druidas tenían una enorme influencia dentro de la población local y es por eso que los romanos se preocuparon de observar sus movimientos para poder contrarrestarlos y adelantarse a sus ceremonias. Los prisioneros romanos que caían en poder de los galos eran las víctimas favoritas para eventos de enorme magnitud como la quema de los gigantes de mimbre normalmente atestados de milicia romana.
Cuando Roma se apodera de las Galias, los druidas comienzan a desaparecer y la religión que practicaban se empieza a mezclar con las tradiciones de los romanos, aún así sobreviven algunas prácticas. Con la llegada del cristianismo la mezcla continúa su marcha, las fiestas y ceremonias celtas pasan a ser controladas por la iglesia cristiana.
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