La Batalla de San Gremal
El relato que presentó a continuación sirvió para la dramatización de uno de los programas de Ecos de la Antigüedad hace ya casi unos 20 años. Eran los tiempos en que debido a el nuevo programa Ecos de la Noche, era necesario teatralizar para ir acorde a la manera de hacer los programas en esos tiempos.
Ecos de la antigüedad, presenta: La Batalla de San Gremal: relato imaginario realizado por un servidor, que sirvió de preludio para la serie La Conquista de Querétaro realizada en 1999. Las historias han sido agrupadas y confeccionadas para esta sesión nocturna a forma de leyenda. Esta basado en los escritos de Fray Isidro Felix de Espinosa y Valentín F. Frías. La música corre a cargo del Lic. Alejandro Ledesma Guerra y los programas de esta semana serán realizados con el motivo de las fechas conmemorativas del 471 aniversario de la Fundación de nuestra ciudad.
Se dice que un 25 de Julio de 1531 fue fundada nuestra ciudad, o sea hace 471 años. ¿Y como fue?, ¿qué fue exactamente los que pasó para poder hablar de una fecha tan precisa?.
No es fácil contestar a esas preguntas, pero al menos, con el tiempo surgió una leyenda que con algún núcleo de veracidad nos explica los hechos.
Se habla de una batalla, entre españoles y otomíes en contra de grupos chichimecas con peculiaridades por demás sorprendentes, donde lo mítico se mezcla con los milagroso, donde la milagrosa ayuda de Santiago Apóstol llega providencialmente en lo más álgido del encuentro y donde todo tiene un feliz final.
El relato que a continuación presento es una adaptación de las principales leyendas y escritos en torno a este hecho, donde busco una alternativa estética a la narración, combinando leyenda y opciones de posible realidad.
No pretendo de ninguna manera que la historia que voy a exponer sea una narración de los hechos reales, ¡de ninguna manera!, se trata tan solo de una humilde contribución a la ya muy rica tradición que existe en torno a las festividades de la Fundación.
RELATO IMAGNARIO
Unos extraños se acercan por la Cuesta China
El día comenzaba, el alba era visible descubriéndose lentamente por el horizonte, el clima era fresco y hasta algo frío debido a las lluvias que se acaban de registrar. El Cerro de San Gremal luce verde, fresco, mojado y hasta algo resbaloso debido al rocío que se ha impregnado en la hierba. Desde Andamaxei la Cañada, grupos de chichimecas comandados por Don Juan Bautista, Don Lobo y Don coyote, ataviados ricamente, se desplazan lentamente hacia las faldas del San Gremal.
Por otra dirección, desde La Cuesta China, un ejército español estupendamente armado, donde tres figuras con armaduras son visibles desde la distancia, concurren al mismo lugar de manera marcial y solemne. Desde la altura de las montañas, es posible para los ibéricos, admirar todo el Valle que se extiende a sus pies, donde es claramente visible el promontorio del Cerro de San Gremal. Los dirigentes cristianos son: en primer lugar Don Nicolás de San Luis Montañés, auxiliado por Juan Sánchez Alanis y el cacique de Andamaxei antes Connín, y ahora Don Fernando de Tapia.
Preparativos para el combate
Los dos grupos, cada uno por su cuenta, hacen un alto en sus trayectos, despojándose a continuación de cualquier arma que pudiera ser mortal; los españoles de sus ballestas, armas de fuego, sables o espadas; y los chichimecas de sus macanas, arcos y flechas. El enfrentamiento se va a realizar sin armamentos, solo se utilizara el cuerpo, donde se valen los puñetazos, patadas, mordidas y jalones. Extraño encuentro sin duda alguna, incruento. Sin embargo, los españoles no se despojan de todo, llevando consigo un cañón, para usarlo si la emergencia del encuentro lo urge así.
El día anterior en medio de una comida famosa por rumbos de la Cañada, los jefes chichimecas habían aceptado la dominación de su majestad, Carlos V. Los razonables argumentos de Connín habían acabado por convencerlos, pero la aceptación del vasallaje habría de realizarse con honor, por lo que Don Lobo y Don coyote hicieron una extraña petición.
Debería efectuarse un encuentro entre los dos grupos, incruento donde no se derramara la sangre, pero se salvara el orgullo. El memorable hecho según lo recuerda la tradición esta actualmente en el Municipio del Marques, en el llamado Monumento del Pan. Gran alegría produjo a final de cuentas el extraño arreglo que salvaba para ellos todas las apariencias.
Brindis de salud se escucharon al unísono para sellar el pacto; se cuenta que el manjar fue un pavo aderezado con yerbas. Las libaciones se llevaron a efecto con vino y pulque, los cuales corrieron con gran profusión, embriagando a los felices comensales.
Al terminar la comida, los jefes de ambos bandos se retiraron a sus cuarteles a preparase. Tenían que organizar a su gente, ya que al día siguiente tendría lugar el extraño encuentro. Nicolás de San Luis jefe máximo del ejército español tomo nota de los pormenores que Don Fernando de Tapia le comunicó del pacto con los chichimecas. Todo parecía fácil, pero algo en su interior le decía que algo podía fallar.
Al día siguiente, el Cerro de San Gremal espera pacientemente a que los grupos lleguen a su cúspide. De esto hecho, cuenta la leyenda y la Historia, o la primera, o la segunda, o ambas, que ha de nacer una ciudad, nuestra amada Querétaro. Era aquel día, un 25 de Julio de 1531, hace 468 años.>>
Los oponentes ven por sus armas
Era más del medio día, el sol estaba en todo lo alto derramando sin piedad sus rayos sobre el Cerro de San Gremal, que húmedo por las recientes lluvias, dejaba escapar sus vapores fatigando a los ejércitos que desesperados, luchaban por dar termino a su singular batalla.
Cerca de ahí un destacamento de guerreros chichimecas, se encontraban custodiando las armas de sus compañeros en batalla, que habían sido puestas en ese lugar por así haber sido pactado con anterioridad, en entrevista realizada entre Don Fernando de Tapia, Don Nicolás de San Luis Montañés, jefes de los otomíes cristianos y Don Juan Bautista Criado, Don Lobo y Don Coyote, caciques de las tribus chichimecas, quienes pactaron un combate incruento sin armas, a patadas, jalones, trompadas y codazos.
Pero, ¿porque respetar el pacto?, no acaso acaban de ver un cañón en el campo de batalla que podía ser disparado en cualquier momento. Al parecer los indios chichimecos bárbaros estaban haciendo retroceder a los otomíes que junto con los pocos españoles al mando de Juan Sánchez Alanís, se debatían desesperadamente en retirada. Si no se apuraban, ese cañón iba a ser disparado en cualquier momento. Algo tenían que hacer.
Don Lobo rompe las reglas
Don Lobo intentó entonces romper las reglas ya establecidas con anterioridad, juntando a un gran contingente, agrupándolo en torno a los arcos y las flechas, dio ordenes de armarse al instante. Formaron tres grandes líneas compactas colocándose de cara al campamento otomí español y entonces esperaron a la señal esperada. ¡Ahora!. Una lluvia de saetas cruzó la distancia hasta el campamento de los españoles, nublando de momento el fulgurante sol.
Nicolás de San Luis, principal jefe de mando de las fuerzas combinadas cristianas, observó con satisfacción la maniobra, eso era justamente lo que estaba esperando; ahora él también podía romper las reglas, solo que en esta ocasión no iban a ser flechas las que regresaría, sino balas y bombas de cañón.
La batalla
Lo que había comenzado como un pleito sin armas incruento a patadas y jalones, se transformó en auténtica guerra. Pronto los pocos españoles hicieron uso de sus ballestas y de sus espadas. El Cerro de San Gremal se cubrió de sangre. Fernando de Tapia (Connín), daba ordenes en todos los frentes de batalla para movilizar a los otomíes, que no acababan de completar las maniobras de envolvimiento. A pesar de la superioridad del armamento de la coalición de cristianos, los chichimecas parecían a punto de triunfar.
La aparición de Santiago
Gran desesperación ocurría en el ánimo de Don Fernando de Tapia y es entonces que cuenta la leyenda que un gran milagro ocurrió para salvar a los cristianos de la inminente derrota. Una figura pequeña aparece en los cielos. ¿Qué será?.
Santiago ha llegado de América, ayudando a Cortes en sus conquistas, librando batallas en tierras mexicanas. Atrás, no hace mucho tiempo, antes de que el hombre blanco llegara a nuestras tierras, fue el baluarte español contra los moros del Islam, que habían llegado a posar su planta en la tierra ibérica durante siete siglos, pero en 1492, libró su última gran batalla al tomar el reino moro de Granada, quedando limpio por fin el reino de España de moros infieles.
Ahora cabalga sobre los azules cielos de los valles queretanos, en busca de indios infieles que no han querido unirse al cristianismo; todavía es posible escuchar para él, los lastimeros gritos de los indios tenochas, que dramáticamente cayeron bajo su espada, defendiendo heroicamente la gran Tenochtitlan. ¡Terrible lucha había sido aquella!, mortal, sangrienta y cruel, donde hubo muertos a millares. ¡Caro habían pagado el no reconocer a la verdadera fé!, ¡Castigo ejemplar del cielo, fue la destrucción de la más grande capital de las Indias!.
De repente, el jinete observa todo el amplio valle; sobre un montículo de regular tamaño, conocido como el Cerro de San Gremal, una singular lucha tiene efecto, muy diferente a la de Tenochtitlan; en esta ocasión, los combatientes no tienen armas, solo se golpean se jalan y patean. Sin embargo hay un grupo de infieles, los muy temidos chichimecos bárbaros, dirigidos por Don Lobo y Don Coyote, quienes tiene ya acorralados a los otomíes y españoles, que desesperadamente se revuelven sobre el campo, tratando de evitar ser capturados. ¡Es ahí donde se necesita su ayuda!.
El jinete escucha desde su alta nube: ¡Por Dios y por Santiago!, ¡un milagro!, ¡un milagro!; son los gritos de los españoles, que admirados, claman ante la proximidad, del famoso apóstol, que rápido desciende, en ayuda de los castellanos.
La intervención milagrosa
Un poderoso estruendo cimbró todos los aíres, sangre, polvo y humo se esparcieron por todo el campo de batalla. La obscuridad se apoderó de todo el ámbito bélico, era como si de pronto la noche negra cayera sobre las laderas del Cerro de San Gremal. Temor y espanto se apoderó de los chichimecas que diezmados física y anímicamente veían que de pronto todo había cambiado en su contra.
Lenta y paulatinamente, la humareda comenzaba dispersarse, permitiendo que la luz se infiltrara a través del espeso humo. Una figura en su caballo, con brillante armadura, se distinguió claramente, resaltábase espectacularmente, ya que tenía el sol a sus espaldas. Los espantados chichimecas, se asustaron. ¿Que era eso?, ¡Un Dios de los cristianos!. Por su parte los pocos españoles que participaban de la batalla, observaron incrédulos la clásica figura de su patrono de la guerra, e instintivamente, elevando su mirado a los cielos, exclamaron entre sollozos. ¡Santiago apóstol!, ¡Por Dios y por Santiago!, ¡él nos ha dado el triunfo!.
Al escuchar las exclamaciones de los españoles, chichimecos y otomíes, se arrodillaron ante la imponente figura del hombre montado, armado de manera reluciente. Era como un Dios cristiano, no cabía duda, se trataba de una intervención divina. En ese momento terminaron todas las hostilidades, los indios chichimecos bárbaros yacían postrados de hinojos ante el imponente espectáculo.
Don Nicolás interviene haciéndose pasar por Santiago
Esto fue lo que todos comentaron, hablaron de un milagro portentoso y oportuno, los naturales se rendían ante la evidencia de algo inexplicable; la batalla cesó, los chichimecas se rinden y deciden recibir la gracia del Bautismo. Más sin embargo otros creen que no hubo ningún milagro. El famoso Santiago era ni más ni menos que Don Nicolás de San Luis Montañés, que con armadura y montado en su yegua Balona, hace estallar un cañonazo en plena cumbre del Sangremal.
Una obscuridad producto del humo del cañón y la tierra que se levantó con el trajín de los combatientes se enseñoreó de todo el lugar; poco a poco cuando esta polvareda se fue apagando, colocado contra el sol Don Nicolás con su lustrosa armadura y haciendo reparar a Balona fue la imagen que tanto cristianos como chichimecas vieron.
En su sorpresa, los españoles creyeron que era Santiago y comenzaron a gritar emocionados: ¡Por Dios y por Santiago!, ¡Un milagro!, ¡un milagro!.
Y mientras tanto, desde lo alto del cerro, vestido con su luminosa armadura, montado en su yegua Valona, que reparaba a cada instante elevándose en los aires, Nicolás de San Luis Montañés, observaba satisfecho la increíble escena; todos los combatientes: españoles, otomíes y chichimecos, encontrábanse a sus pies, postrados en contemplación reverente. No cabía duda, su estrategia había dado resultado.
Y en realidad amigos, no les parece que así pudo haber sucedido.
Reflexión final.
Es raro encontrar en un hecho que probablemente tuvo un fundamento histórico, un gran caudal de información de todos los tipos, primero se conocen las llamadas fuentes franciscanas que utilizaron la tradición y la leyenda como un móvil catequizador para el Colegio de Propaganda Fide que tenía como misión consolidar la fe cristiana de los novohispanos, en este caso los de Querétaro; aquellos frailes fueron adaptando el relato original que conocemos como la Relación de Méritos de San Nicolás de San Luis Montañés, pasando por varias manos que van quitando y agregando elementos hasta llegar al conocido Fray Isidro Felix de Espinosa que fue el que le dio los toques finales.
Después tenemos la misma relación en si y la conocida Relación Geográfica de Querétaro que durante mucho tiempo fue el documento más antiguo en el que los historiadores pudieron buscar la verdad de los hechos y finalmente de unos 25 años a la fecha se va encontrando mucho material que nos proporciona luces de lo que ya pudiéramos denominar como la realidad histórica.
Sin embargo nunca vamos a poder descartar los elementos que la mayoría califica de legendarios ya que en el fondo de ellos se esconde también otro cumulo de información que requiere un análisis más detallado.