Historia de México siglo XIX
Fin del segundo imperio en Querétaro.
Antecedentes.-
La madrugada del 15 de Mayo.-
El resultado todavía es incierto.-
En las primeras horas del 15 de Mayo de 1867, habían pasado ya 72 días de sitio en la ciudad de Querétaro, ésta se hallaba completamente rodeada por más de 60 mil soldados de las tropas juaristas comandadas por el General Mariano Escobedo. Hasta ese momento existía incertidumbre con respecto al tiempo que caería la ciudad; hacía dos semanas apenas el 27 de Abril, los imperialistas dirigidos por Miguel Miramón, habían logrado romper el cerco de Escobedo por el lado donde estaba el Cerro del Cimatario.
Desgraciadamente para los imperialistas, no pudieron coordinarse para aprovechar la brecha que se había abierto y abandonar la trampa en que se había convertido Querétaro, perdieron el tiempo en celebraciones y para cuando reaccionaron, el General Sostenes Rocha enviado por Escobedo, había logrado cerrar el hueco e impedir la salida de las tropas del imperio.
Con esto las tropas de Maximiliano perdieron una oportunidad de oro de darle un giro inesperado a la guerra. Por eso para el 13 de Mayo, se había decidido intentar de nueva cuenta la salida, con la esperanza de que pudiera repetirse la situación del 27 de Abril.
Por su parte las tropas de Escobedo no cantaban victoria, sabían que estaban en ventaja, calculaban que la caída de la ciudad se produciría tarde o temprano, aunque fuera un baño de sangre; pero por el momento no osaban confiarse.
Debido a esta incertidumbre y a que la definición del resultado era algo todavía aventurado, Escobedo decidió parlamentar con el Coronel Miguel López, quién le ofrecía la entrega de la plaza de la Cruz que se hallaba bajo sus órdenes. La oferta era tentadora, entregando la plaza de la Cruz, se desarticulaba toda la resistencia, creando el caos, con el enemigo dentro de la Ciudad, la caída de Querétaro sería inevitable.
La Traición de López.-
Gran controversia se ha levantado con la acción que emprende Miguel López, alegando por su parte y con la complicidad de Escobedo, que actuó de manera confidencial por órdenes del emperador, que pretendía canjear la caída de la ciudad por permitírsele escapar a su país con la integridad de su persona a salvo. Cierto o no, Escobedo no acepta los términos, porque no estaba al alcance de sus manos es tipo de decisión.
Esto más bien parece una patraña inventada por el mismo López y el propio Escobedo, ya que a pesar de la negación, se acuerda de todas maneras entregar la plaza a traición; lo único que si se aprueba, es respetar la integridad de la persona del Coronel López, una fuerte suma en efectivo y el no hacer preso al emperador durante el lance en que se apoderarían de la plaza.
Custodiado por militares de confianza como Velez y Arce, López acompañado por el batallón de Supremos poderes, que era el mejor que había en Querétaro en ese momento, avanzaron en la madrugada rumbo al Convento de la Cruz. Los centinelas que estaban a cargo de la vigilancia, se encontraban completamente desprevenidos y dormitando, por lo que por una brecha que aún se puede contemplar, los soldados que acompañaban a López no tuvieron ningún problema de introducirse al Campo Santo y avanzar hacía el Convento.
Investido de su puesto como jefe de la Guarnición, López fue desarmando soldado por soldado que se hallaban en la guardia que eran remplazados por los republicanos. En muy poco tiempo el factor sorpresa había hecho su efecto, sin disparar ni un solo tiro, la plaza fue tomada en una hora aproximadamente. De ahí los soldados republicanos comenzaron a distribuirse por las calles de Querétaro, para hacer efectivo el golpe de sorpresa.
La ciudad se hallaba prácticamente invadida por el enemigo, cuando Maximiliano fue despertado de urgencia, explicándole lo que ocurría para entonces. Sin pensarlo mucho, el emperador se visitó pronto, expreso que habían sido traicionados aunque no podía saber por quien y como, y se dispuso a salir cuanto antes del Convento para organizar algún género de resistencia. Al momento de pasar por donde estaban los nuevos guardias republicanos, estos trataron de detener al emperador y sus acompañantes, sin embargo, aquí se cumple uno de los primeros deseos de López de no tomar prisionero al emperador en el momento del lance y entonces el nuevo jefe le expresa a los soldado; “Déjenlos pasar, son paisanos”
Y así Maxmiliano llega hasta el atrio del Convento y luego a la Calle en donde empieza a reunir soldados y oficiales tratando de organizar cualquier tipo de resistencia.
A las pocas cuadras de avance, se aparece el Coronel López a caballo, pidiéndole que se pusiera a salvo, que él mismo lo disfrazaría y lo sacaría de la ciudad.
Y bueno, aquí es donde se ve claramente que Maximiliano no estaba enterado de las negociaciones de la venta de la plaza, ya que de haber sido así, como decían López y Escobedo, habría aceptado la propuesta de escapar. Sin embargo sucedió todo lo contrario, sin entender que era lo que pasaba, Maximiliano rechaza tajantemente la oferta y continúa su tarea de reagrupar a los pocos soldados que estuvieran disponibles para reagruparse y organizar la resistencia.
La última resistencia en el Cerro de las Campanas.-
La ciudad va despertando en medio del caos, nadie sabe qué es lo que está pasando, los queretanos que van despertando, observan incrédulos las tropas republicanas sin poder explicarse porque arte o magia, sin combate y sin que se dieran cuenta las calles de la ciudad estaban llenas de soldados del enemigo.
Maximiliano logra encontrar a uno de sus generales, Tomás Mejía, juntos logran reunir a poco más de un centenar de soldados de su ejército y sin grandes opciones deciden desplazarse al Cerro de las Campanas que aún no era ocupado por los Juaristas. Llegados al punto Maximiliano solo piensa escapar de la trampa, no había manera de hacer frente al enemigo que se encontraba por millares en la ciudad.
Miguel Miramón corre con mala suerte; cuando se entera que la plaza de la Cruz ha sido tomada, sale a la calle con el propósito de reunir a sus soldados, pero es interceptado por un oficial republicano con el que se bate a tiros, quedando mal herido, tiene que ir a casa del Dr. Licea para que lo pueda curar, quedando fuera de combate e imposibilitado en ayudar al emperador.
Mientras tanto, los republicanos hacen alardes de ocupación, realizando disparos al aíre, tocan a vuelo las campanas de las iglesias. Existe una leve intuición de hacer parecer que al menos hubo algo de lucha. Escobedo manda una parte del ejército a impedir la escapada de Maximiliano, la oportunidad de escapar que no aprovecho en la madrugada había expirado y ya no era posible dejarlo ir. En pocos minutos las tropas Juaristas llegan al Cerro de Las Campanas y rodean a los escasos solados imperiales.
Se inicia un tiroteo en ambos lados, siendo este el único enfrentamiento que se da en aquél día fatídico, los republicanos proceden a un tremendo cañoneo al punto donde se hallaba el resto del ejercito imperialista. Maximiliano voltea a ver a Mejía y le pide que busque una ruta de evacuación para poder romper el cerco; Mejía toma el Catalejos y observa, expresando al emperador, que no encuentra la ruta, que están rodeados. Maximiliano solicita lo mismo varias veces más, que se esfuerce, obteniendo el mismo resultado, aunque Mejía le expresa que está dispuesto a morir en el intento.
No había ya más que hacer, completamente rodeados y en medio de un terrífico cañoneo, Maximiliano decide que es momento de rendirse. Después de mandar a un mensajero con bandera blanca, el Habsburgo entrega su espada a Mariano Escobedo; termina el segundo imperio en México.
El fin del segundo imperio en Querétaro.-
Lugares de la rendición.

Que hacer con los prisioneros.-
Al momento de la caída de la ciudad, nadie, ni el mismo Benito Juárez tenían idea de lo que tendría que hacerse con los valiosos prisioneros; sobre todo la suerte del pez gordo que ya tenían en sus manos. No se sabía que era lo conveniente ni cual el proceder, por lo que el presidente Benito Juárez decidió tomar su tiempo, controlando sus propios sentimientos.
Poco a poco comenzó a manifestarse el parecer de algunos de los sectores de la población y había de todo; los que consideraban que tras renunciar a sus pretensiones de emperador, Maximiliano fuera regresado lo más pronto posible a su Patria; esto, porque el Habsburgo, perteneciente a una dinastía que reinaba en uno de los imperios más importantes de Europa, pudiera provocar un problema de otra intervención extranjera en caso de que se le tratase sin consideración, se le encarcelara o lo que era peor se le matara.
Otra parte de la población, seguramente los que eran adictos al imperio, conservaban una imagen idílica, casi romántica del malogrado emperador, el cual había puesto todo su empeño por lograr el progreso y la unidad del país, que engañado por muchos sectores de los conservadores, por Napoleón y el mismo Papa, era tan solo una víctima. La prueba de esto es que no se había regresado con el ejército francés, decidido a luchar hasta el fin, con un ejercito mexicano, consideraban que era de caballeros, mostrar grandeza y magnanimidad a la hora de la victoria, perdonando a Maximiliano, dejando que partiera a su país.
Por supuesto había otro sector, el de los adictos a los republicanos, que por el contrario, estimaban que Maximiliano debía pagar por la injusta intervención francesa que se había realizado a mansalva, y no esperaban más que un castigo, un escarmiento ejemplar que dejará sin deseos a cualquier potencia extranjera de volver a intentar otra intervención en nuestro territorio, es muy posible que entre estos últimos que pensaban así estuviera el mismo Presidente Juárez, quién tenía la facultad de pasar inmediatamente y sin juicio a Maximiliano por las armas.
Sin embargo, Juárez no se precipita, toma su tiempo, medita y a final de cuentas traza su solución, no quiere pasar por revanchista e impetuoso, sobre todo quiere dejar constancia de que se ampara en la ley y de que no actuará por capricho o deseos personales.
El Cautiverio.-
En lo que Juárez, trata de organizarse en San Luis Potosí, Leonardo Márquez se mantiene atrincherado en la Ciudad de México, Porfirio Díaz se limita a cercarlo, manteniendo una especie de sitio, pero sin lastimar a los habitantes de la capital.
En Querétaro, no hay señas de solución con respecto a la suerte de los prisioneros, existe un buen número de cautivos; oficiales y militares de rango medio. Escobedo mantiene una vigilancia hasta cierto punto relajada sobre las grandes presas: Maximiliano, Miramón y Mejía pasan por tres lugares de prisión: El Convento de la Cruz, Teresitas y a final de cuentas el Convento de las Capuchinas.
Solo en el caso de Ramón Méndez hubo mano dura, descubierto en una casa en donde se había escondido, fue conducido de inmediato al Convento de Teresitas y sin previo juicio se resolvió que tenía que ser pasado por las armas, no se le dio tiempo más que despedirse de Maximiliano, Miramón y Mejía. La sentencia fue realizada en la Alameda. Méndez tenía cuentas pendientes por la muerte del General Arteaga, al que había hecho fusilar con anterioridad; esto no se lo perdonaron los republicanos y con él no se guardaron ningún tipo de apariencias.
Pasaron tres semanas antes de que Juárez decidiera que hacer, tiempo suficiente para hacer recapacitar tanto a los prisioneros como a la gente más cercana a ellos; pensando que lo más probable era que no saldrían vivos de Querétaro y que todo era cuestión de tiempo y de la forma más conveniente para hacerlos desaparecer; por lo que no es raro contemplar la planeación para intentos de fuga.
El más célebre de estos, fue el que organizó la Princesa de Salm Salm, una bella mujer canadiense, que había trabajado en un circo y que conoció al Príncipe de Salm Salm, un noble aventurero alemán que había combatido en la Guerra de Secesión en el bando de los sureños y que se habían conocido poco después de finalizado el conflicto.
La Princesa intentó sobornar a los guardias que custodiaban a los reos en el Convento de la Cruz; Maximiliano por su parte, solo consideraba que aceptaría cualquiera de estos planes siempre y cuando se incluyera a Miramón y Mejía en los mismos, de otra forma prefería morir. A final de cuentas, todos los intentos fallaron; ya que una de las prioridades de Juárez era no dejar escapar por ningún motivo a sus peces gordos.
El Juicio más famoso del siglo XIX
Bien meditado al fin, Juárez había hallado por fin la formula de acción, con la decisión ya tomada de antemano, pero realizando las cosas de manera civilizada, y con la ley de por medio, para que nadie pudiera reprochar su proceder, la solución era la realización de un juicio amparado en una ley que se expidió el 25 de Julio de 1862, por parte del Presidente Juárez haciendo uso de los poderes extraordinarios que el congreso le había dado antes de disolverse, cuando estaba ya en marcha y en su apogeo la alevosa intervención del ejército francés.
La instrucción por parte del gobierno de Juárez de San Luis Potosí, era ya anisadamente esperado en Querétaro; Ante la incertidumbre y silencio del encargado de decidir, Escobedo había relajado penosamente la vigilancia del emperador a tal grado de que éste podía viajar casi sin problema a la Fabrica de Hércules; los presos podían recibir visitas, platicar con ellos y hasta departir comidas y tertulias.
Con la señal sobre el proceder, se endureció la vigilancia y se terminaron los privilegios. Juárez encomiaba a Escobedo a la formación de un Consejo de guerra que tendría como Tarea enjuiciar y sentenciar sobre la suerte de los reos que se encontraban en Capuchinas.
La situación que se daba era única, nunca antes en la Historia Universal se había presentado un hecho así. Mientras se desarrollaba los trámites, Juárez recibía una multitud de petición de indultos de todas partes del mundo, como el Barón Magnus, embajador de Prusia, que fue hasta San Luis a entrevistarse con Juárez, o la esposa de Miramón, Doña Concha Lombardo o la Princesa de Salm Salm que se hincó ante el presidente. Era evidente que había mucha gente interesada en salvar a Maximiliano, Miramón y Mejía.
Era más que evidente que la decisión estaba tomada, el tomar como base la ley del 25 de Julio de 1862, no dejaba a dudas de cuál sería el resultado; en esta ley se condenaba a muerte a todos los que atentaran en contra de la libertad de la patria, invasores extranjeros o mexicanos que simpatizaran con su causa o se adhirieran a ella; aquí de lo que se trata era de dar un escarmiento ejemplar, pero con procedimientos legales que no dejaran espacios para la discusión o debate.
El juicio se llevo a cabo en el Teatro de la Republica, entre el 13 y el 15 de Junio, cada uno de los acusados formó su equipo de defensores, siendo el grupo de Maximiliano el más numeroso con 4 licenciados que trabajaron dos en Querétaro y dos en San Luis Potosí que llevaron el caso del fallido emperador.
La única forma de cambiar la circunstancias era convencer al Presidente Benito Juárez de conceder la Clemencia, es por eso que los abogados de mayor prestigio del equipo de Maximiliano trabajaron en San Luis, buscando ampliar plazos y tratando de cambiar la plataforma de enfoque a que se usara la Constitución de 1857 como base y no la ley del 25 de Julio de 1862, que los dejaba totalmente fuera de combate.
Sin embargo nada de esto fue posible, estaba muy claro que los tres acusados eran culpables de prácticamente todos los crímenes que se les imputaban; después de tres días de juicio donde los abogados defensores hay que reconocerlo hicieron un gran esfuerzo; Maximiliano, Miramón y Mejía fueron declarados culpables y condenados a morir fusilados al día siguiente que era Domingo 16 de Junio.
A lo único que accedió Juárez fue a posponer tres días la ejecución para dar tiempo a los condenados a prepararse a bien morir, quedando la fecha definitiva para el miércoles 19 de Junio de 1867.
Antes del Cerro de las campanas.
La última noche.-
A las ocho de la noche Maximiliano se acuesta y duerme tranquilamente. A las once y media entra en la celda el doctor Rivadeneyra, ruega a Basch que despierte a Maximiliano. Ha venido Escobedo para “despedirse” y entregar un telegrama de San Luís en que se deniegan las peticiones de gracia para Miramón y Mejía.
El general responde con evasivas a la petición de Maximiliano de entregar su cadáver al barón Von Magnus. Finalmente. Escobedo le ruega a Maximiliano que le regale su retrato. El Habsburgo le da una fotografía en la que escribe “Al Señor general en jefe. Querétaro, 18 de 1867”, olvidándose de añadir el mes. Al salir Escobedo, Maximiliano comenta a Basch: “Qué lástima, había estado durmiendo tan bien”.
19 de Junio de 1867.-
Convento de Capuchinas en la madrugada.-
Miércoles 19 de junio, cuatro de la mañana. Llegan los confesores de los reos. El canónigo Manuel Soria y Breña pasa una hora entera con Maximiliano. El padre Pedro Ladrón León de Guevara confiesa a Miramón, y el presbítero Francisco Figueroa atiende a Mejía, que está enfermo con fiebre y casi no dice palabra. A las cinco de la mañana se oficia una misa con los tres reos, que reciben el viático. A las seis menos cuarto, Maximiliano toma su último desayuno: café, pollo, media botella de vino tinto y pan.”
Los ataúdes.-
Para el transporte posterior de los tres ejecutados se dispusieron tres ataúdes iguales, hechos de tableros bastos de pino, tal como se usaban para los más pobres, y que la voz popular llamaba “cajones de muerto”, al precio de doce reales, o sea, un peso cincuenta centavos unidad. El barniz negruzco y verde era de pintura al hollín, extraída del pino ocote, preparada en agua de cola. La placa base del ataúd en que se colocó el cadáver de Maximiliano, mostró durante muchos años manchas de sangre. y la pared lateral derecha tenía un calco de la mano derecha. Hoy, ambas marcas han desaparecido.
A las seis y media de la mañana, el coronel Miguel Palacios escoltado por la compañía de guardia, recibe a los reos, conduciéndolos por la escalera, el patio y varios pasillos a la puerta del convento. Allí se hallan tres coches de sitio, dispuestos para el traslado al patíbulo. Según la tradición queretana, Maximiliano y Soria ocupan el coche número 10; Miramón y Mejía, con sus confesores. suben a los coches números 16 y 13, respectivamente.’
El Cerro de las campanas.-
El Cerro de las Campanas es un montículo ubicado al Poniente de la Ciudad, junto con la Loma de San Gremal donde se encuentra el Convento de la Cruz, son las únicas dos elevaciones que se encuentran el Valle de Querétaro.
Se cuenta en las leyendas queretanas que durante la era del Virreinato era un lugar de Aquelarres, donde las brujas se juntaban y hacían sus ritos y pócimas. Existe una Historia que nos hizo llegar José Guadalupe Ramírez y Álvarez, que fuera Cronista y Rector de la Universidad de Querétaro que nos habla del sacrificio de un niño.
En la actualidad se encuentra ahí la Universidad Autónoma de Querétaro, encontrándose el montículo totalmente ocupado por aulas o áreas de recreo, lo podemos observar, verde, con una gran cantidad de árboles, pastito, plantas y mucha vegetación, pero en el siglo XIX era una elevación agreste, con nopaleras, palobobo y muchas piedras que al chocar entre sí suenan como campanas, de ahí el nombre que actualmente lleva.
Durante los primeros días del Sitio de Querétaro, sirvió como primer cuartel general de Maximiliano, quién dormía en las Tiendas de campaña que se improvisaron; sin embargo en esos tiempos, el montículo estaba separado de la Ciudad por una distancia que lo hacía inoperable para cuando el Cerco de los republicanos se fue completando, por lo que fue cancelado como Cuartel General para moverse a la otra elevación del Valle en la Loma de San Gremal, en el Convento de la Cruz.
La última resistencia como ya lo platicamos se realizó en el Montículo y fue al Oriente del mismo, lugar en donde hay un obelisco, donde se produce la rendición de Maximiliano, entregando su espada a Mariano Escobedo.
Su enorme popularidad se debe a que Mariano Escobedo escogió el lugar para la consumación de la sentencia a muerte de los reos que acababan de ser declarados culpables en el Juicio que se llevó a cabo en el Teatro Iturbide hoy Teatro de la Republica, el lugar exacto de la ejecución se encuentra señalado al interior de una hermosa capilla que se construyó por patrocinio de la Corona Austriaca, que se emplazó al contorno de los tres sitios que se señalaron por unas mojoneras que los queretanos pusieron inmediatamente cuando se llevaron los cadáveres.
El fusilamiento.-
Los testimonios de testigos presenciales.-
Existe una gran cantidad de testimonios que refieren los últimos momentos de los sentenciados al morir en el Cerro de Las Campanas, muchos de ellos estuvieron presentes, algunos eran parte del sequito de Maximiliano, otros eran diplomáticos, algunos más eran gente del pueblo que fue a presenciar los hechos, otros eran parte del ejército republicano, había gente de la prensa, en fin que a sabiendas del interés que suscitaba el hecho fueron muchos los que decidieron servir en calidad de testigos para la posteridad.
Por lo tanto no es fácil muchas veces coordinar los relatos, existiendo varias contradicciones que no son fáciles de resolver, por lo que me voy a limitar a dar una generalidad que nos da una idea aproximada de lo que pasa en esas 24 horas fatídicas del 19 de Junio de 1867.
Los tres carruajes propiedad de Don Cayetano Rubio arriban a las faldas del montículo, en cada uno de ellos va un reo con su confesor. Al parecer la manija de una de las puertas del vehículo del emperador se descompuso y no abría, impaciente por la contrariedad, Maximiliano según cuentan decidió salir por la ventana, saltando de ella y dirigirse al sitio señalado.
Dice Juan A. Mateos:
<<Como estaba el cuadro situado en el declive del Cerro, los reos dominaban el espacio, y las tres figuras se destacaban en el fondo de aquel horizonte hermoso, que bien pronto les daría paso a aquellos espíritus vivificados por la clara luz de la regeneración. Miramón tendió su vista a la ciudad que tenía a su frente. Maximiliano la dirigió al cielo murmurando con acento melancólico estas palabras: <<”en un día tan bello como este quería morir”>>.
Se forma un cuadrilátero compuesto por 4000 soldados, para delimitar el área, en la parte oriental del Cerro, que es la que da a la ciudad, estos efectivos se encontraban bajo las órdenes del General Díaz de León que dispuso según la coincidencia de la mayoría de los testimonios, un pelotón para cada uno de los sentenciados.
Existía un decreto expedido por Benito Juárez en el sentido de impedir cualquier manifestación de simpatía a los sentenciado que pudieran impedir o arruinar la ejecución, por lo que se manifestó que no se toleraría nada de esto siendo el infractor pasado por las armas de manera inmediata y fue este decreto el que al parecer inhibió a muchos queretanos a para ir al evento, ya que iba a ser muy temprano y estaban temerosos de cualquier represalia.
El general Mariano Escobedo no quiso presentarse al evento, se puede especular que se sentía incomodo, ya que conocía bien a los tres acusados: Con Maximilano estuvo familiarizando durante los días del cautiverio, a Miramón lo conocía porque había sido presidente de la república y Tomas Mejía ya le había perdonado una vez la vida, por lo que había tratado de corresponder intercediendo ante Juárez para ver la posibilidad de su perdón, lo cual no se veía imposible; sin embargo Mejía no quería saber de ningún arreglo en el cual no se incluyera a sus compañeros.
Algunos hechos sobresalientes:
- Al momento de dirigirse a su lugar de ejecución Maximiliano dialoga con Tudos, su cocinero hungaro. Tudos, ¿Ahora si vas a creer que me fusilarán.
- Fueron dispuestos de la siguiente manera; Mejía a la izquierda, Maximiliano al centro y Miramón a la derecha.
- Los sentenciados bromean: ¿Quién es Dimas y quien es Gestas?, ¿Van a caer hacia delante o hacía atrás.
- Repartió monedas al pelotón que habría de fusilarlo.
Finalmente los pelotones se aproximaron y se colocaron en sus puestos, el capitán de los mismos Simón Sotomayor balbuceo algunas palabras de pena, pidiendo perdón a Maximiliano por lo que estaba a punto de suceder, a lo que el Habsburgo lo reprendió diciéndole que nada debía temer, ni porque disculparse, “usted es un soldado y tiene que obedecer”
Uno de los hechos más sobresalientes antes de que el pelotón hiciera fuego es el hecho de un cambio de lugar de último momento, cuando Maximiliano reflexionando en lo valioso que había sido Miramón en su gestión de ayuda y al hecho de no saber valorarlo adecuadamente, decidió cederle el lugar que ocupaba en el Centro, expresando:
“General, un valiente debe ser honrado por su monarca hasta en la hora de la muerte, permítame, que le ceda mi lugar de honor”. Con estas palabras hizo que Miramón se pusiese en el centro. Después dirigiéndose a Mejía le dijo: “General, lo que no es compensado en la tierra lo será en el cielo”. .
Antes de la orden de disparo, Maximiliano y Miramón hicieron proclamas en los instantes culminantes que marcaban los últimos instantes de sus vidas; Maximiliano expreso:
Primero recordando a su mujer y su madre, entrega a su confesor el Padre Soria un reloj y exclama:
“Mande este recuerdo a Europa a mi muy querida mujer, si ella vive, y dígale que mis ojos se cierran con su imagen que llevaré al más allá. Lleven esto a mi madre y díganle que mi último pensamiento ha sido para ella.
“Perdono a todos, ruego que también me perdonen a mí y ojalá que mi sangre beneficie al país. ¡Viva México, viva la Independencia!”
Miramón exclama:
<<”Mexicanos: En el consejo de Guerra, mis defensores han querido salvar mi vida; sin embargo, eh aquí, listo a perderla y cuando voy a comparecer delante de Dios, protesto contra la acusación de traición que me han lanzado al rostro para excusar mi ejecución. Muero inocente de ese crimen, perdono a mis matadores con la esperanza de que Dios me perdonará y de que mis compatriotas alejarán a mis hijos cargo tan villano y me harán justicia. ¡Viva México!”>>:
El tiempo se había cumplido, los reos se dieron un último abrazo, se colocaron y la voz de Simón Sotomayor dio la orden a los tiradores haciendo los tres pelotones fuego al mismo instante. En este punto existen algunos testimonios que crean confusión señalando que el fuego de cada uno de los pelotones se hizo de uno en uno, aunque esto más bien parece poco probable.
Maximiliano, no dejo que le vendaran sus ojos e impidió que hicieron lo mismo con Miramón y Mejía, había solicitado además que no le dispararan en la cara, recogiéndose la barba con un pañuelo grande que le habían prestado en el trayecto, se descubre el pecho y señala al corazón para guiar a los tiradores a donde tenían que apuntar.
El fusilamiento.-
Túdós, narra el instante de la muerte:
El emperador,,,, cerró los ojos, cayendo lentamente hacia atrás, acribillado por las balas; todavía movía los ojos y los brazos, pero ya no podía hablar. Uno de los sacerdotes accedió salpicando su cuerpo con agua bendita.
Un soldado le disparó un tiro al pecho, tras lo cual S.M. tiró con la mano convulsivamente de la levita, la ropa se quemó y Túdos echó agua encima.
Un soldado apuntó sobre el pecho, pero no pudo disparar. El general Díaz se apresuró a mandar a otro soldado para que disparara, pero el fusil de éste tampoco funcionó. El tiro siguiente le atravesó el corazón. S.M. respiró jadeante y todavía hizo un movimiento brusco con la mano. Nuevamente la ropa se quemó, siendo extinguida con agua.
Viene bien a propósito citar un párrafo de Juan A Mateos, de su obra “Cerro de las Campanas”
<<Vibró un relámpago descolorido por la luz del sol. Se oyó una detonación siniestra, cuyo eco se perdió rápidamente en el espacio. Levantose una nube de humo cruzada por el fuego instantáneo de los fusiles, y los tres reos cayeron como impulsados por el aliento poderoso de Dios.
Un grito horrible, único, intenso, desgarrador como el rugido de una fiera herida, vibró en el espacio. Miramón lo había lanzado al morir. Maximiliano azotó el suelo con su frente ungida. Se sacudió con algunas convulsiones y expiró al fin. La sangre de los Carlomagno empapó la tierra infecunda de la usurpación. El Cerro de las Campanas, bañado con la sangre del emperador extranjero, se elevará allí con sus tres grandes figuras sombrías hasta el instante supremo de la catástrofe universal.>>
Hubo otros testigos que en los momentos de agonía, dicen que Maximiliano exclamo las palabras “Hombre, hombre”
Miramón muere instantáneamente, debido quizás a que le tocaron los mejores tiradores que estaban destinados a Maximiliano, mientras que Maximiliano y Mejía tuvieron que ser rematados. La descripción que realiza el Doctor en turno para certificar la muerte y que escuche en un programa de Visión de Querétaro del extinto Lic. Ramírez y Álvarez, señalan con bastante crudeza las condiciones en que habían quedado los cadáveres.
Los cuerpos fueron depositados en ataúdes que ya estaban preparados, al depositar el cadáver del Archiduque en el catafalco los pies de este quedaron volando, era evidente que nadie había tomado en cuenta su elevada estatura y el carpintero había hecho los ataúdes con las medidas convencionales,
Los cuerpos fueron llevados de nueva cuenta a la ciudad al ex convento de Capuchinas, donde fueron velados por las monjas y por los dolientes. El cuerpo de Miramón fue entregado a su viuda Doña Concha Lombardo, cuando esta hubo llegado de regreso de su viaje a San Luis Potosí
El Viacrucis del cuerpo de Maximiliano
La suerte del cuerpo del emperador fue realmente lamentable, comenzando porque fue el que más tarde en morir, que uno de los tiros de gracia había incendiado su chaqueta poniendo en peligro el cadáver de que se quemara, hubo que echar agua para conjurar el peligro; el primer ataúd que se llevo al Cerro de las Campanas era más chico y quedaron los pies volando.
En contra de los deseos Maximiliano, que había encargado al Baron Von Magnus hacerse cargo de su cuerpo, había indicaciones puntuales de Juárez para que Escobedo se hiciera cargo de todas las diligencias que considerara pertinente.
El embalsamamiento del cuerpo se le encargo al Dr. Licea, quien no contaba con el material necesario para hacer un buen trabajo, aparte de que procuro tener todo el beneficio económico que la suerte le estaba deparando, por lo que comerció con todo lo que le fue posible:
Cobró por dejar retratar las prendas, la camisa y la chaqueta.
Vendió el corazón y las viseras.
Corto parte de la barba del emperador para venderla también.





Su trabajo fue inadecuado, por lo que hubo necesidad de un segundo trabajo: el traslado del cuerpo a la Ciudad de México fue penosos también, cayendo el cadáver varias veces debido al poco cuidado en el viaje de la diligencia contratado.
Muy pronto comenzó a verse los signos de descomposición del cuerpo por lo que fue necesario realizar otro trabajo, pero para hacerlo fue necesario colgar el cadáver boca abajo para que salieran los líquidos que el Dr. Licea había realizado.
Se sabe que el Presidente Juárez visitó dos veces el cadáver, la primera en Querétaro, cuando venía de regreso de San Luis en su viaje a la Ciudad de México; se dice que comentó, según cita el Doctor Guillermo Murillo:
En el ahora Salón Histórico del Palacio de Gobierno acompañado de Sebastián Lerdo de Tejada; despúes de cotemplarlo Juárez dijo: “Era alto éste hombre, pero, no tenía buen cuerpo, las piernas son muy altas y desproporcionadas; no tenía talento porque, aunque la frente parece espaciosa, es por la calvicie”.
La segunda vez fue en la Ciudad de México en el Hospital de San Andrés, acompañado de su médico.
Los restos, después del 2º. Embalsamamiento, fueron enviados a Austria por petición de Beust, Canciller austriaco; se le entregaron al Vicealmirante Tegetthoff y se embarcaron en el “Novara” el 28-11 (el viaje fue costeado por Carlos Rubio); al recibirse en Austria fue “identificado” el sábado 13-01-1868 y enterrado.
La Noticia llega a Europa, el Telégrafo
Los medios de comunicación se encontraban en un avance muy interesante para 1867, la principal forma y más rápida de comunicación era el telégrafo, que funcionaba en todas las ciudades importantes del país. Todos los comunicados que se tuvieron que hacer de San Luis a Querétaro, en donde el presidente Juárez daba instrucciones a Escobedo eran vía telégrafo.
Durante el gobierno del imperio, se crearon varias líneas telegráficas, las suficientes para hacer tener gran parte del territorio nacional comunicado, excepto por el norte en donde había varios estados que nunca fueron conquistados por el imperio.
Desde la caída de Querétaro, los gobiernos europeos trataron de mantener un flujo de información lo más fresca posible siguiendo todos los incidentes de lo que ocurría en Querétaro, sobre todo los comunicados oficiales que trataban de llegar al gobierno de Juárez.
La rapidez de esta comunicación se debía en gran parte a que en 1866 se había logrado colocar un cable submarino que comunicaba al continente europeo con el americano y que iba de Irlanda a la isla de Terranova en Canadá, una obra que llevó a cabo el gobierno de la Corona inglesa, por lo que el trayecto de los informes debían ir a parar a estas dos sedes para ahorrar tiempo y hacer más ágil el flujo de la comunicación.
La dirección de las noticias de Querétaro a Francia, seguían la ruta desde Querétaro, hasta llegar al puesto más lejano al norte en suelo nacional, de ahí en carreta hasta llegar a los Estados Unidos que sin problema alguno y con su red de telégrafos hacía llegar los despachos hasta la Isla de Terranova de donde se trasmitía vía cable submarino hasta Irlanda y de ahí primero en el reino de la Gran Bretaña, se cruzaba el Canal de la Mancha hasta llegar a territorio francés.
Fue así como en menos de dos semanas llega la noticia del fusilamiento de Maximiliano al emperador francés Napoleón III, que se encontraba en una Feria Mundial


























