Historia del México Prehispánico

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Los Toltecas invaden Tlachco

 

Los Toltecas invaden Tlachco, relato que refiere de manera imaginaría, el peligro que las ciudades del valle de Querétaro, corrieron al final de la etapa del clásico, cuando los Toltecas inician un periodo de expansión territorial. La narración es obra de un servidor, Raúl Rodríguez Lucio,

 

Explicación histórica.

El Valle de Querétaro, fue parte activa en el dinámico movimiento que se produjo en las culturas  del periodo del Clásico; y para ejemplo, ahí tenemos grandes sitios arqueológicos como: Tlachco, la Negreta, Santa Bárbara y Tlacote. En la sierra mientras tanto, sobresalían de manera muy destacada, complejos como: Ranas y Toluquilla.

 

Desde luego que la mayoría de los mexicanos, solo saben de Teotihuacan, de Cholula, Monte Alban y la zona de los mayas, que tienen mucho más tiempo de estudio e investigación, que el incipiente que apenas arrancan de nuestro estado.

Dentro de este marco histórico, vemos que en la etapa del clásico, brilla de singular manera la cultura de Teotihuacan. La frontera mesoamericana crece de manera vertiginosa rumbo al norte; ciudades mayas como Palenque y Copan son artífices de belleza sin igual. El comercio, la alfarería, la escultura y la pintura, se encuentran en su memento de mayor esplendor. Y las ciudades del valle queretano no le van a la zaga, interactúan dinámicamente con las mejores civilizaciones mesoamericanas.

 

Sin embargo, a fines del siglo VIII, Teotihuacan sufre una dramática decadencia, la gran ciudad de los dioses, es prácticamente abandonada o invadida, muy probablemente por grupos chichimecas venidos del norte y que posteriormente se les conoció como los Toltecas, que habrían de adoptar y asimilar toda esta grandiosa cultura teotihuacana.

 

Y es en esta disyuntiva histórica donde plasmo el momento de mi relato, ya que al igual que Teotihuacan, las ciudades del valle queretano sufrieron también la misma decadencia; pero, ¿cómo fue esta decadencia?; ¿qué influencia ejercieron los toltecas en el valle queretano?.

 

Estas y otras incógnitas son las que manejo en el siguiente relato, que espero sea de su agrado. Hacemos un breve paréntesis musical y damos inicio.

 

Inicia el Relato

Tepalcaltzín se acercaba lentamente a la ciudad de Tlachco, la humedad debido a las recientes lluvias, hacían el terreno resbaloso; el espeso bosque de la montaña del Cimatario, le impedían observar con claridad el amplio valle queretano, por lo que tuvo que trepar hasta la cima para encontrar el sendero.

 

Ya en la cúspide el hermoso valle quedó al descubierto. El espectáculo lo dejó sin habla, un bello paraje donde los árboles, ríos, y cascadas sobresalían, parecían ser el sitio idóneo para una nueva población. Oteando a lo lejos, descubrió que estaba a pocas horas de su destino, ahí donde las montañas desaparecían en su fallido intento de cercar el valle.

 

Este embajador, era portador de un especial encargo: reunirse con el gobernante local para investigar las últimas incursiones chichimecas que amenazaban con colarse hasta Teotihuacan, las ciudad de los Dioses.

 

A últimas fechas se había detenido el suministro de cinabrio, un polvo rojo que usaban los reyes de todo el Anahuac, para la ceremonias luctuosas que se hacían con gran lujo y pompa.

 

Se hablaba de un gran dirigente que los conducía: Mixcoatl que venía asolando las regiones próximas a Mesoamérica, y era necesario detenerlo. Tlachco era la frontera del mundo civilizado, si caía todo estaba perdido, Teotihuacan sufriría la misma suerte.

 

Llevaba cinco horas de camino, dos de ellas las empleó para descender del empinado y boscoso Cerro del Cimatario. Hacía rato que se había internado en la mitad del inmenso  Valle.

 

La tarde refrescaba; una suave brisa aliviaba el calorcito sofocante de la estación primaveral; el día estaba nublado, haciendo el panorama verde, limpio, transparente y agradable; la oscuridad se acentuaba minuto a minuto, el día moría.

 

El graznido de los negros pájaros tan típicos del lugar, anunciaba el recogimiento de la naturaleza, que se aprestaba a descansar. Tepalcaltzín pensó en la inminencia de buscar refugio.

 

Al igual que el inmenso Valle de México, el de Querétaro era asiento de varias comunidades de las que sobresalían; Tlachco, la más grande, la Negreta, Santa Bárbara, La Cañada y La Cruz, todas estas, grandes metrópolis, densamente pobladas.

 

Más sin embargo, había un sin fin de rancherías de minúsculo tamaño esparcidas a lo largo y ancho del valle, todas con capacidad para recibir al honorable huésped. Es así que nuestro mensajero decide quedarse en una ubicada a orillas del Cerro de las Campanas, para pasar la noche; era necesario descansar y prepararse para la entrevista con el cacique de Tlachco.

 

El sol, saludo tempranero, las densas nubes que se habían juntado en el valle, comenzaron su diario caminar, permitiendo que los rayos solares penetraran hiriendo la alcoba de Tepalcaltzín, quién al instante se despertó. Trato de acostumbrar sus ojos a la intempestiva luminosidad; se paró, fue al río, se baño y se colocó su elegante atuendo.

 

Asistido por un guía de la localidad dependiente del Cacique, cruzaron los ocho kilómetros en menos de dos horas; habían llegado a Tlachco. Fueron recibidos Mixhitl, gobernante de la región capital del valle. La Gran Pirámide era testigo del magno recibimiento al emisario de Teotihuacan.

 

El tiempo se terminaba, el peligro estaba cerca, la situación era apremiante. Por el Estado de Guanajuato, eran avizorados ya los ejércitos toltecas comandados por Mixcoatl; este grupo, originario de la Gran Chichimeca había iniciado un movimiento a gran escala desde las tierras del Norte, invadiendo todos los lugares que se hallaban a su paso.

 

Teotihuacan, que se hallaba en plena decadencia, veía con temor a estos inquietantes salvajes que aterrorizaban a todas las ciudades civilizadas y buscaban con desesperación alianzas con las ciudades vecinas para unirse y conjurar el inminente peligro.

 

Este era el cometido de Tepalcaltzín, embajador de la Ciudad de los Dioses de formar una alianza con las ciudades del Valle de Querétaro: Tlachco, la Negreta, Santa Bárbara y Tlacote, eran las más organizadas.

 

Mixhitl, rey de Tlachco y Señor principal del Valle Queretano, sabía de lo inútil e ineficientes de los ejércitos teotihuacanos, que hacía mucho tiempo habían perdido su capacidad combativa.

El relajamiento de la moral, las decadentes costumbres de sus habitantes, el empobrecimiento de su agricultura, la corrupción del Clero y el gradual empobrecimiento del grueso de la población, señalaban claramente que su fin estaba cercano.

 

Sin embargo, era mejor contar con la experiencia militar de los teotihuacanos ya que los Toltecas estaban en la frontera mesoamericana, muy cerca del valle queretano. No tenían opción, mientras más rápido se formara la coalición, sería posible detener a Mixcoatl y rechazarlo. ¿Habría tiempo para lograrlo?

 

Tepalcaltzín, logra el apoyo de Mixhitl, concluyendo con éxito la misión que se le había encomendado. Una fuerte leva, es el enérgico principio, de la organización de una eficiente coalición. En poco tiempo, Tlachco y Teotihuacan conformaban un numeroso ejército. Sin embargo, las hordas toltecas habían arribado al valle; la lucha daba comienzo.

 

La guerra se recrudecía cada día más, los ejércitos toltecas de Mixcoatl avanzaban inexorablemente. Realizada la alianza entre Tlachco y Teotihuacan, el valle queretano fue fortificado. Desde el Centro de la ciudad de los dioses, numerosos contingentes cruzaron los 200 kilómetros hasta el valle queretano. Desde San del Río hasta la Negreta, todas las poblaciones fueron reforzadas con numerosas guarniciones.

Al ver los movimientos defensivos, los invasores decidieron internarse en la Sierra Gorda, hermosa, accidentada y espectacular cadena de montañas, que une a las dos grandes sierras de México, donde pronto hicieron contacto con las civilizaciones de Ranas y Toluquilla.

 

Estos grupos altamente civilizados, se dedicaban a la minería, comerciando intensamente con toda la región mesoamericana. Desde la era del Clásico, explotaban las minas de cinabrio y mercurio, exportando estos productos a ciudades mayas tan lejanas como Palenque y Copan.

 

Debido a la altura de la Sierra, desde donde se dominaban los valles del centro y las tierras del mar, les fue posible tener grandes relaciones con las sofisticadas culturas del Golfo, en especial con los totonacas.

 

La constante humedad de los vientos marítimos, que chocaban ininterrumpidamente con las montañas de la serranía, ofrecía la posibilidad de una densa cubierta vegetal, que se manifiesta con hermosos bosques de pino, encino e innumerables elementos para la subsistencia prolongada, que favorecía óptimamente el refugio de los belicosos grupos toltecas, que entraron pacíficamente a las grandes ciudades Ranas y Toluquilla.

 

La población serrana que mantuvo siempre su independencia de los grandes imperios como: Monte Alban, Teotihuacan y el Tajín, aceptó sin remedio alguno una alianza forzosa que haría frente a la de Teotihuacan. Los toltecas estarían obligados a la protección militar de las caravanas comerciales, obteniendo tierras y lugares para establecerse.

 

Desde lo alto del gran centro ceremonial de Toluquilla, apostado en una de las laderas del cerro encorvado, Mixcoatl observaba el imponente pero al mismo tiempo mareante espectáculo de las boscosas montañas.

 

No muy lejos de ahí, a una legua de distancia, vio el humo de los copales apostados en los juegos de pelota de la ciudad de Ranas, en los momentos en que un encuentro se llevaba a cabo un encuentro, entre los representantes de las fuerzas cósmicas y que se realizaba en honor de las fuerzas toltecas recién arribadas.

 

El caudillo, futuro padre de Ce Actl Topiltzin Quetzalcoatl, se encontraba solo, apartándose de todas las ceremonias que se estaban llevando en ambos Centros ceremoniales; necesitaba meditar, pensar en lo que habrían de hacer después.

Sus dominios, eran de gran consideración con ciudades que fueron poblando desde el lejano norte, durante su largo peregrinar desde que habían salido de Huehuetlapayan. en su poder había ciudades como Tlachicatzín, Tlapallan, Xalisco y Toxpan. Ahora se había granjeado el apoyo de las ciudades mineras serranas.

 

¿Qué hacer?, se preguntaba, ¿penetrar a Tlachco desde el sur para tomar por sorpresa a la alianza México queretana? o ¿dirigirse a los valles del Centro, como insistía tenazmente Hueman?.

 

Hueman, el anciano astrólogo único sobreviviente de la larga peregrinación, insistía en llegar cuanto antes a la tierra prometida y esta estaba en dirección de los grandes lagos, muy cerca de Teotihuacan. Otra opción era internarse en la Huaxteca a la misteriosa ciudad de Tulancingo, frontera de la civilización totonaca.

 

Esta última era la más agradable para él, ya que por el momento no veía conveniente continuar librando sangrientas batallas a muerte con la alianza Teotihuacan – Tlachco. Según los espías serranos, que mantenían relaciones con las ciudades del valle queretano, Tepalcaltzín y Mixhitl, que habían conformado un enorme contingente, acababan de derrotar a un gran ejercito tolteca en las afueras de la Negreta.

 

Otro obstáculo que lo desalentaba, era que en los últimos años, constantes sequías habían azolado a estas tierras, los cultivos eran cada vez más escasos, la alimentación de los lugareños, más difícil.

 

A sus oídos llegaron noticias de grandes hambrunas; los grupos de otomíes que habían llegado desde el siglo VI, y que habían poblado Tlachco desde entonces, se retraían con mayor frecuencia a la zona de los grandes lagos y al Valle del Mezquital.

Entonces, se decía Mixcoatl a si mismo, ¡para que malgastar mis ejércitos!, si tarde o temprano la población terminara por abandonar los valles del Bajío, la tierra cada vez más pobre, va a resultar una carga onerosa; ¡no!, ya no seguiré, Teotihuacan puede ser conquistada desde otro flanco, ¡retiraré a mis hombres del valle!.

Fue cuando, que recordando las profecías de Hueman, que los había acompañado desde hacía varias generaciones, que el jefe tolteca decide marchar a Tulancingo, a lo que el pensaba era la tierra prometida.

 

 

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