Historia de México siglo XIX
SUCEDIÓ UN 19 DE JUNIO DE 1867
Fusilamiento de Maximiliano
La ejecución más famosa en la historia de México es la ocurrida en la ciudad de Querétaro, en el Cerro de las Campanas, el 19 de Junio de 1867, cuando a las 6:15 AM tres cuerpos se desplomaron al momento de la descarga fatal del Capitán Sotomayor cuando da la orden de fuego, estos famosos personajes fueron Fernando Maximiliano de Habsburgo que había sido instalado como emperador de México con la ayuda del ejercito francés que desde 1862 estaba en nuestro país interviniendo en un intento de tener un enclave en el continente americano, Miguel Miramón, que fuera presidente de 1859 a 1861, por parte de los Conservadores en la conocida Guerra de Reforma y Tomas Mejía, un queretano de la sierra gorda, totalmente fiel a Maximiliano y al imperio.
Este momento dramático me hizo imaginar la manera en que ocurrieron los hechos, enfocándome a la fecha exacta, tomando de base a varios escritores de aquellos tiempos que narran desde distintos puntos de vista su perspectiva de como ocurrieron las cosas. Esta narración se uso como base de un relato novela para el programa Ecos de la Antigüedad en el año de 1999 y que fue posteriormente reproducido en algunas fechas que coincidieran con la ocurrida aquel aciago día. Así que pongo a su consideración este relato,

Pintura de Mannet, la más conocida en Europa y que refleja la manera en que ellos pensaban como había pasado todo, tiene varias fallas de acuerdo a como pasaron las cosas.
- El pelotón de fusilamiento tiene uniformes franceses
- Maximiliano esta en medio y tiene sombrero charro, en la realidad poco antes de que se disparara Maximiliano colocó a Miramón en medio.
- En la parte de atrás aparece un soldado con un fusible y que seguramente esta dando la orden de fuego, su rostro es igual al del General Porfirio Díaz, que ni siquiera estaba en Querétaro en ese momento.
- En la parte superior aparece miembros del pueblo observando la ejecución.
El relato base
El calor agobiaba la ciudad. El viento se filtraba entre las callejuelas, emitiendo un lúgubre sonido, que ponía espanto en los corazones de los queretanos que ese día se resistían a dormir. Eran las doce de la noche del 19 de junio de 1867. En apariencia, era una media noche como cualquier otra, calurosa, bochornosa debido a que las lluvias se habían presentado con frecuencia en días anteriores, que en combinación con el calcinante sol de junio, evaporaba las aguas esparciéndolo a través del viento entre los empedrados de las calles.
El olor de los cirios que se encontraban prendidos en la mayoría de las casas, mientras se esparcía por el medio ambiente, pronosticando que en pocas horas, algo verdaderamente importante iba a suceder. No había gente del pueblo en las calles, todos se encontraban encerrados con llaves, aldabas y candados. Se sentía el miedo, como si la Llorona estuviera pasando cerca emitiendo sus terribles aullidos.
En contraste, pelotones de soldados republicanos, peinaban la ciudad en busca de posibles grupos de resistencia que pudieran llegar a impedir el dantesco espectáculo que se preparaba para la hora en que despuntara el día.
Los rezos de las mujeres eran audibles y el olor de los cirios perceptibles para los soldados que se encontraban vigilando y realizando los preparativos para la ejecución. Después de todo, la actividad era más que anormal para la hora y la tranquilidad de una ciudad de costumbres sencillas. En medio de las calles, un grupo de soldados se encontraban limpiando sus fusiles, dándoles mantenimiento para que no fueran a atascarse a la hora de la verdad.
Pero, ¿que era lo que estaba pasando?, ¿Porque ese movimiento tan desusado en una ciudad pequeña y tranquila? Ese día, la Historia de México iba a registrar un acontecimiento de extraordinaria importancia.
Los ojos del país y del mundo entero se enfocaban a nuestra ciudad de una manera como nunca y después ha ocurrido hasta nuestros días. Tres hombres poco comunes iban a morir ese día: un emperador, el mejor general queretano que ha dado la Historia y un expresidente, general y Niño Héroe. Faltaba muy poco para que esto sucediera.
Las fuentes.
En una combinación, de Pedro Pruneda, con su libro “La Guerra de 1861 a 1867”, Luis Islas García con su obra “Miramón Caballero del Infortunio”, Juan A Mateos con su novela “Cerro de Las Campanas” y una adaptación y ensamble anovelado realizado por un servidor para este día especial.
El presente relato que ya empezamos a escuchar al principio del programa, es un arreglo, de todos estos autores de las partes en que escribieron el día del fusilamiento, en un relato conjunto y adaptado con insertaciones personales, donde lo primordial es captar el dramatismo del momento de la madrugada del 19 de Junio de 1867.
Continuamos pues con la escena de los soldados rondando las calles de Querétaro en plena madrgada y el pueblo queretano que encerrado en sus casas, se la pasaba rezando encendiendo cirios, lamentandose de la suerte de los tres hombres que muy pronto iban a caer.
El tiempo pasó. Los nervios de soldados y pueblo aumentaban conforme la hora se iba acercando. El murmullo de la gente, las lágrimas de las mujeres y los quejidos de los ancianos, era cada vez más perceptibles. Sin embargo, el verdadero drama estaba en lo que hoy es actualmente la calle de Guerrero, en el exconvento de las Capuchinas, ahí a un lado del actual Museo de la Ciudad. Pero veamos que es lo que nos cuanta Pedro Pruneda, que estuvo presente en esas horas agónicas. Escuchemos:
A las 4 de la madrugada, Maximiliano quiso oír misa, la cual fue celebrada por el obispo de Querétaro, para lo cual fue necesario interrumpir los dulces sueños de Mejía que tan a gusto estaba teniendo. Después de la misa, el príncipe permaneció largo tiempo arrodillado sobre el suelo, con la frente apoyada entre las manos. Ignorabase si lloraba o si rezaba, pero lo cierto es que con esta actitud mostraba el drama del momento y la situación y no es para menos del que sabe y tiene la certeza que dentro de muy pocas horas va a morir.
Miramón, estaba pálido y abatido, sabía perfectamente que se estaba cometiendo una gran injusticia en su caso, ya que él ingreso al movimiento solo hasta que las tropas francesas se habían retirado, y que se estaba violando la constitución de 1857. Poco antes acababa de escribir:
<<”Mexicanos: En el consejo de Guerra, mis defensores han querido salvar mi vida; sin embargo, eh aqui, listo a perderla y cuando voy a comparecer delante de Dios, protesto contra la acusación de traición que me han lanzado al rostro para excusar mi ejecución. Muero inocente de ese crimen, perdono a mis matadores con la esperanza de que Dios me perdonará y de que mis compatriotas alejarán a mis hijos cargo tan villano y me harán justicia. ¡Viva México!”>>
Mejía se encontraba con una expresión sumamente altiva, pues no hay que olvidar que era indio y que varias veces había manifestado que para él era una gloria morir con su soberano.
Esto ocurría en el exconvento de Capuchianas. Pero dejemos a los tres de reos de muerte, en su misa y salgamos a la calle para ver lo que ocurría. Para esto pasemos ahora con Luis Islas García de su obra “Miramón Caballero del Infortunio”, quién recoge el testimonio de un anónimo y sencillo ciudadano queretano, que escribió lo siguiente:
<<A las cuatro de la mañana empezaron a desfilar los cuerpos de la sordina, hacía el Cerro de las Campanas, donde se formó el cuadro de las 4,000 bayonetas, que quedó concluido a las 6:30. Salían los prisioneros, cada uno en un coche, del Convento de Capuchinas, y caminaron al referido cerro, con una guardia de dos batallones y un cuerpo de caballería. El coche del príncipe iba adelante, y los seguía una multitud de vecinos con los sombreros en las manos.>>
Vamos a seguir la escena pero ahora con el escritor liberal, Juan A. Matéos, compañero de armas y literatura del gran historiador Vicente Riva Palcio, de su novela histórica Cerro de las Campanas, donde el principal personaje “Guadalupe”, una monja, se ve insertada en medio del drama de la muerte de Maximiliano. Escuchemos:
<< Comenzaba apenas a despuntar el 19 de Junio de 1867. Los reos hicieron el terrible tocador de la muerte. Se vistieron con un esmero sumo: ninguna insignia militar llevaban en el traje. Maximiliano tomó una taza de chocolate.
Entonces apareció en la puerta de la celda un oficial que dijo estas solemnes palabras; <<”Ya es hora”>>. Un escalofrío de muerte recorrió el cuerpo de cuantos estaban presentes. Y todos se arrojaron en torno de los reos para darles el abrazo último.
La confusión era mucha. Por fin la tropa que debía escoltarlos los colocó en su centro. Maximiliano al salir de su celda dirigió al interior de ella una mirada triste y doliente. Entonces percibió lo que le había escapado en medio de aquel desorden.
Dos hermanas de la caridad, puestas de rodillas frente al altar que se había levantado para que orara el archiduque, tendían hacia él las dos manos. Una de ellas con voz sofocada por los sollozos, pronunció esta sola palabra ........ ¡Adiós!, y cayó desmayada en los brazos de su compañera. Era “Guadalupe”. Maximiliano se enjugó una lagrima y respondió desde el fondo de su pecho aquella despedida eterna.
Los carruajes que debían conducir a los reos estaban frente a la portería del ex-convento de Capuchinas. La escolta los rodeaba. El pueblo se agolpaba por todas partes. Maximiliano, al llegar a la puerta, se detuvo un momento y pidió un pañuelo a pesar de que llevaba uno en la mano y otro en la bolsa. Inmediatamente de una casa cercana le enviaron uno blanco y grande como lo deseaba. Los reos subieron a los coches y la comitiva partió rumbo al sitio de ejecución.>>
Pedro Pruneda nos cuenta con gran detalle lo que siguió:
<< Abría la marcha un escuadrón de lanceros, seguía una música tocando una marcha fúnebre y un batallón de infantería a 4 en fondo. Al llegar el cortejo frente a la puerta principal del hospital, Mejía dijo en alta voz:
“¡Señor dadnos una vez más el ejemplo!, buscadnos nuestro valor pues seguimos los pasos de vuestra majestad.”
En este momento pasaron los franciscanos, los dos primeros llevaban la cruz y el agua bendita y las demás velas encendidas, seguían los tres ataúdes llevados por 12 indios y últimamente las cruces de la ejecución y los banquillos.
Entonces, el capitán González hizo señal a Maximiliano de que le siguiera y el emperador se adelantó valerosamente diciendo a los generales Miramón y Mejía; vamos a la libertad.
La procesión marchó lentamente por la calle del cementerio pasando por detrás de la iglesia y por el camino de acueducto. Iba primero el emperador, llevando a su derecha al Abad Fischer y a su izquierda al obispo de Querétaro. Detrás marchaba Miramón a quién sostenían dos franciscanos y Mejía entre dos presbíteros de la parroquia de la Santa Cruz.
En cuanto llegaron cerca del gran muro exterior del cementerio, las campanas empezaron el toque de agonía. Solo los que componían la escolta estaban presentes pues el público que se había reunido numerosamente había sido alejado a gran distancia. Se colocaron las tres banquetas con las cruces de ejecución junto al muro, y tres pelotones compuestos de 5 hombres cada uno, con dos sargentos de reserva para el tiro de gracia.>>
Juan A. Mateos, continúa con la dramática escena:
<<El Cerro de las Campanas levantaba sus crestas cubiertas de bayonetas que brillaban a la luz del sol naciente. En su base y en sus costados se extendía un mar de gente. El silencio era profundo.
Repentinamente se escuchó un murmullo sordo y vago. Era que los reos habían llegado ya. La fuerza toda preparó sus armas a la voz del jefe que mandaba el cuadro. Los carruajes hicieron alto, y los reos saltaron a tierra.
Al poner el pie en ella Maximiliano vaciló; pero inmediatamente se agarró al sacerdote que iba a su lado y se repuso, recobró su espíritu, adelanto la pierna izquierda para buscar más firme apoyo, y llevó las manos al corazón cuyos latidos sofocaban en sus últimas palpitaciones.>>
Continuando ahora con lo que vio Pedro Pruneda, dice que:
<<Maximiliano miró fijamente al sol y sacando su reloj tocó un resorte que ocultaba el retrato en miniatura de la emperatriz Carlota, besole, entregando la cadena después al Abad Fischer y le dijo: Llevad este recuerdo a Europa a mi querida esposa y si algún día puede comprenderos decidle que mis ojos se cerraron con su imagen que me llevó al cielo.
A cada uno de los soldados encargados de disparar, dio el Archiduque un Maximiliano de oro; A cada uno de ellos les recomendó que le tiraran al corazón y con un pañuelo que había pedido en la puerta de la prisión, se amarró la cara para evitar que al hacerle fuego se le incendiara la barba.
El emperador al ver mover los fusiles creyó que iban a hacer fuego y acercándose a sus compañeros los abrazó con efusión. Miramón sorprendido cayó sobre la banqueta, pero Mejía devolvió a Maximiliano calurosamente este abrazo, pronunciando palabras que nadie pudo oír, y después cruzó los brazos sobre el pecho sin quererse sentar. El obispo acercándose a Maximiliano le dijo: ¡Señor de vuestra majestad, en mi presencia México entero, ofrezco, el ósculo de reconciliación, ¡perdónelo todo vuestra majestad en este instante supremo!
Agitado interiormente, el príncipe por una emoción visible, se dejó abrazar sin decir ni una palabra y después volvió a dirigirse a los presentes; levantando la voz dijo con gran firmeza:
<<Decid a López que le perdono su traición, a México entero que le perdono su crimen”>>.
Después Maximiliano estrecho las manos del Abad, que no pudiendo hablar, cayó a sus pies, derramando abundantes lagrimas. Mucha gente lloraba también. A lo lejos se podía escuchar el clamor de muchas mujeres queretanas, que desgañitándose increpaban: “¡No maten al güerito!, ¡No maten al güerito!”. Maximiliano se desprendió dulcemente de las manos del obispo y dando un paso dijo sonriendo al oficial que mandaba la escolta; a la disposición de usted.
Ya en el lugar donde habrían de ser fusilados, se dio inicio a lo que era el espectáculo principal de los liberales promovido por Juárez. Los reos tenían que ser vendados. Miramón se dejo tapar los ojos, sin hacer ningún movimiento, Mejía se resistió e intentando el capitán vencer su resistencia, se pidió la intersección del obispo, quién habló brevemente con él para que a final de cuentas se sometiera tranquilamente. El emperador, adelantándose, manifestó que en manera alguna consentiría que le tapasen los ojos. Todos los militares vacilaron un momento pensando en la posibilidad de obligar al príncipe, sin embargo, desistieron y dejaron a Maximiliano sin vendar.>>
Continuamos ahora con el testimonio de Juan A. Mateos
<<Los tres prisioneros estaban dentro del cuadro. Mejía triste y sumido en el más profundo silencio, veía como el secretario de Cuauhtémoc a su señor en el patíbulo. Miramón, altivo, sereno y como si hubiera concurrido a una gran parada: en sus labios se veía eterna sonrisa.
Miramón también dirigió una alocución al pueblo con voz sonora, clara y armoniosa. Los tres ocuparon sus puestos, Miramón en medio, Maximiliano a su izquierda y Mejía a su derecha.
Como estaba el cuadro situado en el declive del Cerro, los reos dominaban el espacio, y las tres figuras se destacaban en el fondo de aquel horizonte hermoso, que bien pronto les daría paso a aquellos espíritus vivificados por la clara luz de la regeneración. Miramón tendió su vista a la ciudad que tenía a su frente. Maximiliano la dirigió al cielo murmurando con acento melancólico estas palabras: <<en un día tan bello como este quería morir”>>.
El príncipe tenía la serenidad de la resignación. Si la archiduquesa Carlota hubiera sido la sentenciada, México hubiera presenciado el magnifico espectáculo de la Francia de 1893 en la ejecución de la valerosa e inolvidable Carlota de Corday.
Mejía, a quién sin justicia se inculpa de haberse acobardado, con su frialdad habitual fijó tenazmente sus ojos brillantes y dominadores en los soldados que apuntaban, como queriendo hipnotizarlos. El efecto de esta mirada se sintió en el ánimo del pelotón, quienes no comprendían el acto temerario y supremo del general queretano>>.
Vamos a transcribir a continuación, lo que el escritor norteamericano Joshep Schlarman en su libro México Tierra de Volcanes, nos cuanta de lo que pasó, antes de que soldados hicieran fuego. Escuchemos:
<<Fueron puestos de cara al sol naciente de Querétaro, Maximiliano en medio, Miramón a la derecha y Mejía a la izquierda; pero Maximiliano meditando a última hora la enórme valía del conocido caballero del infortunio, que le dio increíbles triunfos con escasísimos recursos, volvió a Miramón y le dijo:
<<¡General!, un valiente debe ser honrado por su soberano aún en la hora de la muerte. Permítame que le de el sitio de honor. Lo tomo por los hombros y lo puso en medio.>>
Maximiliano abrazó entonces a sus compañeros de infortunio, y dijo con voz sonora: <<”Voy a morir por una causa santa, la de la independencia y la libertad de México, que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria, ¡Viva México!.>>
Regresamos al testimonio de Juan A. Mateos, de su libro “Cerro de las Campanas”
<<Vibró un relámpago descolorido por la luz del sol. Se oyó una detonación siniestra, cuyo eco se perdió rápidamente en el espacio. Levantóse una nube de humo cruzada por el fuego instantáneo de los fusiles, y los tres reos cayeron como impulsados por el aliento poderoso de Dios.
Un grito horrible, único, intenso, desgarrador como el rugido de una fiera herida, vibró en el espacio. Miramón lo había lanzado al morir. Maximiliano azotó el suelo con su frente ungida. Se sacudió con algunas convulsiones y expiró al fin. La sangre de los Carlomagno empapó la tierra infecunda de la usurpación. El Cerro de las Campanas, bañado con la sangre del emperador extranjero, se elevará allí con sus tres grandes figuras sombrías hasta el instante supremo de la catástrofe universal.>>
Un doctor de amargos recuerdos para nuestro ex rector José Guadalupe Ramírez y Alvarez, que fue cronista de nuestra ciudad, se encargo de certificar la muerte de los recién caídos. Miramón murió instantáneamente, mientras que Maximiliano y Mejía tuvieron que ser ultimados por un tiro de gracia. El aspecto que presentaban los tres cadáveres viene descrito en las partes médicas del Doctor Eugenio Melesio Y Hoyos, con increíble crudeza.
Los cuerpos fueron depositados en ataúdes que ya estaban preparados, llevados de nueva cuenta a la ciudad al ex convento de Capuchinas, donde fueron velados por las monjas y por los dolientes que se dieron cita para despedir a estos 3 grandes hombres.
Las Mujeres de Querétaro, se vistieron de negro. El sol había salido ya pleno y esplendoroso. En realidad, como dijeron Maximiliano y Miramón, era un día esplendoroso para morir. La ciudad se mantuvo en silencio, no se veía gente por las calles. Incluso los soldados republicanos, guardaban un sentimiento de tristeza, la cual no sabían bien de donde venía.
Cerró la noche, prolongación de aquel día memorable y espantoso. Los restos mortales del archiduque de Austria reposaban en el féretro colocado junto al altar mayor del templo de las Capuchinas. Cirios y veladoras flanqueaban los ataúdes de los tres cadáveres. Llantos y sollozos, no eran necesario usar plañideras, el dolor era auténtico.
La noche había caído hacía ya 4 horas, se terminaba aquel 19 de junio de 1867 en la vida de nuestra ciudad. Querétaro fue la capital del mundo, el universo entero había puesto sus ojos en esta urbe. En aquellos tiempos era casi un pueblo, tranquila, limpia pero triste.
Sin embargo, ese hecho tan caprichosamente ordenado Benito Juárez, fue el que mete de lleno a la Historia a aquellos hombres que bañaron las laderas del lugar que estamos pisando. Maximiliano, es actualmente más famoso que su hermano Francisco José emperador de Austria. Finalmente trascendió. Se negó a volver a la tranquilidad de su castillo de Miramar a una cómoda existencia, se convirtió en mexicano bautizado con su propia sangre y murió para el beneficio de México. Así lo grito antes de morir.
Miramón por su parte fue el presidente más joven que ha tenido nuestro país, el general más brillante del siglo XIX, más genial incluso que Porfirio Díaz y González Ortega, que obtuvo victorias en las situaciones más adversas imaginables y además fue uno de los cadetes que defendió el Castillo de Chapultepec en 1847, habría pasado como un Niño Héroe en caso de haber muerto. Con su cuerpo cubrió la vida del ex presidente Nicolas Bravo en aquella batalla, era aunque se le ha escamoteado el título un Niño Héroe.
A Tomas Mejía, le corresponde ser el queretano más famoso en toda la historia de nuestro Estado, más famoso incluso que el general liberal Arteaga. También casi al igual que Miramón un genio en el arte de la milicia con grandes triunfos. El que subió a caballo entre las aclamaciones de los queretanos al palacio de la Corregidora.
Faltaban 10 minutos para las 12 de la noche. Un terrible aguacero había caído durante toda la tarde, aplacando el bochorno que se había sentido los días anteriores. Un viento helado estaba corriendo por las lodosas callejuelas de la ciudad. El cielo estaba encapotado, la noche era negra impenetrable. Desde lo alto del Cerro de las Campanas, Alberto Hans, teniente alemán del ejército de Maximiliano, observaba las muy tenues luces de Querétaro, donde los desvelados habitantes adictos al malogrado emperador rezaban por el descanso de aquellos tres hombres que con su sangre bañaron este montículo.
Hasta aquí termina este relato imaginario con bases en algunos de los escritos de testigos que estuvieron presentes aquel aciago día.
Colofón.
La forma y lo que pensaba en ese entonces se ve claramente en la forma del relato del cual ya han pasado 23 años, ahora mis sentimientos y opiniones se han movido a medida que uno estudia más y más el tema, hay tiempo de reflexionar de conocer más detalles y merece la pena que exponga algunos de los puntos de que hoy pienso al momento de escribir este artículo.
Maximiliano llego al poder arropado por las armas de un ejercito invasor que sin mas ni mas con el pretexto de una pequeña deuda económica se abrogó el derecho de invadir y auspiciar la creación de un imperio adicto a los franceses.
La aventura de Maximiliano queda sellada cuando el ejercito francés se retira de territorio mexicano y Maximiliano que obviamente no venía a jugar, decidió seguir adelante solamente apoyado de sus seguidores mexicanos, de los cuales Miramón y Mejía eran dos de los principales generales de ese nuevo ejercito mexicano imperial que dio muy buena pelea a las muy superiores fuerzas republicanas de Benito Juárez que contaba con el apoyo de los norteamericanos que le habían vendido gran cantidad de armamento y prestando ayuda económica, lo que les permitió hacer una grande y enorme leva hasta llegar a reclutar 80 mil soldados que eran muy superiores a los 15 mil con los que contaban los imperialistas,
La aventura termina en la ciudad de Querétaro, después de más de 70 días de sitio a la ciudad, Maximiliano, Miramón y Mejía son condenados a muerte después de un juicio realizado en el teatro Iturbide, ahora Teatro de la República, como era lógico son hallado culpables y fusilados en la famosa fecha que lleva por nombre este artículo, 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas en donde ahora se encuentra la Universidad Autónoma de Querétaro.
Montaje de varias fotografías mostrando el momento del fusilamiento





