Historia de México siglo XIX
La Aventura arqueológica de Teotihuacán
Primera Parte
Cuando uno se encuentra parado en la Calzada de los muertos mirando y girando en 360 grados, desconcertado, abrumado por la grandeza y apabullado ante tanta grandiosidad: enormes pirámides, una amplísima y recta calzada flaqueada por una gran cantidad de edificaciones, es imposible evitar el pensar: ¿Cómo le hicieron?, son edificaciones con dos mil años de antigüedad que se pueden comparar con cualquier otra gran construcción de sus tiempos y que los habitantes con sus limitaciones tecnológicas pudieron levantar con increíble precisión, ¿Cómo le hicieron?, ¿cuante gente intervino?, ¿Cuánto tiempo se llevaron?
Son preguntas que quizás nunca vamos a tener respuestas, pero si tenemos una cronología de escritos y eventos que vienen desde los aztecas hasta nuestros tiempos de muchos de investigadores que buscaron, midieron, pintaron fotografiaron, restauraron e hicieron una gran cantidad de acciones buscando esclarecer de alguna forma todas estar interrogantes que todos nos hacemos cuando estamos enfrente del imponente sitio arqueológico.
Los Aztecas.-
Moctezuma Xoxoyotzin subía a la pirámide del sol a meditar, los mexicas trataron de hacer algunos túneles en la pirámide del sol, según lo muestra uno de los códices.
Los Mexicas dieron el nombre a la ciudad, a las pirámides y a la Calzada que une a todos los conjuntos habitacionales, los toltecas dejan testimonio de la leyenda de la Creación del quinto sol.
Siglo XVI en la Colonia.-
Fray Diego de Duran nos señala que Fray Juan de Zumarraga ordena quitar un ídolo que estaba en la cúspide de la pirámide del sol.
Códice de Huamantla nos muestra una especie de escudo que muestra los montículos de las pirámides del sol y la luna.
En el Códice Xolotl apreciamos las dos pirámides, sol y la luna y una cueva, en el siglo XVI, nos señalan que los Acohluias estuvieron un tiempo en esa zona.
Mapa del siglo XVI de la región de Teotihuacan muestran un boceto muy ordenado que muestra todos los elementos. Es un documento de Mercedes (Oraculo de Moctezuma).
Yemedica Redi un viajero italiano que se contactó con Carlos de Singuenza y Gongora, escribió un libro que se llamaba “Giro del Mundo”, en el mismo acota lo siguiente:
<<Pasamos luego hacia el mediodía para ver la pirámide del sol llamada Tonatiuh, distante doscientos pasos de la mencionada, medidos dos lados, los encontramos de 300 varas, pero los otros lados no eran mas de 200, la altura era cuarto más que la de la Luna>>
México independiente.-
William Bullock en 1823
Realiza increíbles dibujos, los primeros a poco de haber iniciado la independencia.
Va a sacar datos con la idea hace una exposición de las culturas mexicanas en Londres, pide apoyo al gobierno mexicano proporcionando todos los datos que necesitaba este investigador ingles, en donde hace réplicas de: La Piedra del Sol, de la Coatlicue de la piedra de Tizoc y dibulos de las pirámides del sol y la Luna.
Barón de Courcy en 1832 un viajero alemán
Realiza un excelente dibujo en donde muestra las pirámides del sol y la luna
Mathieu de Fossey. Viaje a México, 1844.
<< A las dos terceras partes de la altura de la pirámide mayor, en su fachada oriental si recuerdo bien, se encuentra un hueco bastante profundo que se dispuso cuando se fabrico el monumento, y cuyo objeto ignoro, tapaban su entrada piedra, tierra y matorrales que habían ocultado su existencia hasta que la descubrieron hace como 10 años, algunos franceses.>>
Plano de 1844 hecho por Brantz Mayer.
Aparece un plano no muy preciso, pero que muestra algunas cosas importantes en un intento de hacer una descripción más profesional. Sobre todo marca unos montículos no reales que rodean a la pirámide del sol.
Dibujo de Butler en 1844
Realiza una perspectiva desde el pueblo de San Juan de Teotihuacan, donde se ve la parroquia del pueblo y las dos pirámides.
Otros testimonios
La emperatriz Carlota 1865
<< Ayer estuvimos en Teotihuacan y vimos las asombrosas ruinas, las piramides son casi tan notables y colosales como las de Egipto; subimos a la gran pirámide del sol, desde lo alto se tiene una visión maravillosa, infinitamente extensa, hoy en la mañana subí otra vez a la pirámide con Ramírez para contemplar la salida del sol, un espectáculo esplendido. Hace 10 años que gocé el mismo momento emocionante en la pirámide de Keops en Egipto.>>
Acuarela 1894 Adela Breton
Hizo un dibujo excelente desde la pirámide de la Luna, donde muestra a la perfección los montículos, la pirámide del sol, la calzada de los muertos y la Ciudadela.
Desire de Charney Escribe las antiguas ciudades del Nuevo Mundo. 1895
Excava en el pueblo de Teotihuacan e utiliza la fotografía pasa por varias partes de México,
A la Arqueología,
Se ven los montículos y los mageyes de manera muy afortunada, son varias fotos en 1896
El ídolo de piedra que estaba en la cúspide de la pirámide del Sol
Aquí tenemos algunos testimonios de los primeros investigadores que se interesaron en las ruinas que estaban cubiertas por la maleza.
Fray Gerónimo de Mendieta5 hizo una primera y breve descripción de los monumentos,
a los que llamó templos: [...] junto al pueblo de Teotihuacan hay muchos templos o teucales de éstos, digo las plantas de ellos o cepas, y en particular uno de mucha grandeza y altura, y en lo alto de él está todavía tendido un ídolo de piedra que yo he visto, y por ser tan grande no ha habido manera para lo bajar de allí y aprovecharse de él.
Fray Juan de Torquemada proporcionó una admirada visión de los grandiosos edificios que componían
la ciudad teotihuacana, a los que, como Mendieta, también calificó como “templos”:
Lo que sabré afirmar en esto, es que estos Indios de esta Nueva España tenían dos Templos de grandísima altura y grandeza, edificados a seis leguas de esta Ciudad [de México] junto a San Juan Teotihuacan, que le cae a esta ciudad a la parte del norte y dedicados al sol y a la luna, los cuales estaban apartados de poblado y lo están ahora, aunque no en mucha distancia y alrededor de ellos hay otros asientos de otros que pasan de más de dos mil; por lo cual se llama aquel lugar Teotihuacan, que quiere decir Lugar de Dioses. Qué fundamento hayan tenido los antiguos en haberlos edificado allí, no lo sé; pero es fácil de creer que pues el intento de otros idólatras era fundar templos y casas al sol y a la luna en los campos y fuera de poblado, por ser sus efectos tan claros y conocidos, que al mismo sería el de estas gentes, pues la fuerza de su poder no se les abscondía [sic] y como a poderosos les respetaban y les daban nombre de dioses.
Fray Bernardino de Sahagún, gran estudioso de las culturas prehispánicas, estableció la relación del mito del quinto sol con las pirámides así como la función de éstas como monumentos mortuorios: [A los dioses] se les edificó una torre, como monte; en los mismos montes [los dioses] hicieron penitencia cuatro noches, ahora se llaman estos montes Tzaqualli [y] están ambos cabe el pueblo de San Juan que se llama Teotihuacan. […] Allí también se enterraban los principales y señores, sobre cuyas sepulturas se mandaban hacer túmulos de tierra, que hoy se ven todavía los hoyos donde sacaron las dichas piedras o peñas de que se hicieron los túmulos; y los que hicieron al sol y a la luna, son como grandes montes edificados a mano, que parecen ser naturales y no lo son.
Investigación de Carlos de Singueza y Góngora.
En 1675, las exploraciones de Sigüenza en la Pirámide de la Luna iniciaron las investigaciones francamente arqueológicas en el centro ceremonial. Según Ignacio Bernal, Sigüenza “trató de utilizar un monumento para esclarecer algún problema histórico. En esa ocasión, don Carlos hizo excavaciones en las inmediaciones de la Pirámide de la Luna, intentando establecer una conexión entre Quetzalcóatl y santo Tomás de Aquino”.
Pero, según Schávelzon, la excavación del túnel que Lorenzo Boturini (testimonio citado más adelante) atribuye a Góngora en la Pirámide del Sol, fue hecho en la Pirámide de la Luna. En posteriores estudios basados en los de Sigüenza, específicamente en el trabajo de Lorenzo Boturini, se menciona que la Pirámide del Sol se encontraba “hueca” y que tenía una tumba en el centro (Bernal, 1979: 47-48).
Lo mismo repitió Humboldt, que no visitó Teotihuacan. A este respecto, Schávelzon afirma que Boturini estaba equivocado, pues en realidad se trataba de la Pirámide de la Luna, donde Sigüenza hizo un túnel que fue visto por viajeros y científicos como Brantz Mayer, William Holmes o Antonio García Cubas. El túnel se mantuvo intacto hasta el siglo xx, y al ignorarse de qué se trataba, fue cubierto en 1924. Lo trascendental de este trabajo de Góngora es que, antes del advenimiento de la Ilustración en Nueva España, un investigador instauró el método experimental con la hipótesis de que aquellos montículos cubiertos de tierra en Teotihuacan eran construcciones antiguas y realizadas con un motivo específico.
Lorenzo de Boturini,
En su Idea de una nueva historia general de la América septentrional,6 Lorenzo Boturini, un erudito italiano que viajó a México y, entre otras cosas, nos legó una mirada de la ciudad sagrada en la cual destaca el conocimiento astronómico de los teotihuacanos, cita la exploración hecha por don Carlos de Sigüenza y Góngora:
<<Quedan todavía en la ciudad de San Juan Teotihuacan, siete leguas distantes de México, dos testimonios indisputables de su “ruidoso” culto. Vénse en su inmediata campiña dos altos cerros fabricados a mano. El uno se llama Tonatiuh Itzaqual, que quiere decir casa dedicada al Sol y es de mayor tamaño en comparación del otro dedicado a la Luna. Su edificio es de cuatro altos, que van a la cumbre en declinación y son símbolos de las cuatro estaciones del año y de los cuatro caracteres de los calendarios indianos.
En el último alto, que hacía función de pedestal, estaba colocada aquella grande estatua del sol, que tenía en el pecho una cuadrada lámina de preciosos metales, en la que reverberaban los rayos de este luminoso planeta al momento que nacía. Llamábase el simulacro Tonacatecutli, dios del sustento o dios de nuestras carnes […]
Era este cerro en la antigüedad perfectamente cuadrado, encalado y hermoso y se subía a su cumbre por unas gradas que hoy no se descubren, por haberse llenado de sus propias ruinas y de la tierra que le arrojan los vientos, sobre la cual han nacido árboles y abrojos. No obstante estuve yo en él y le hice por curiosidad medir, y si no me engaño es de 200 varas de alto. Asimismo mandé sacarlo en mapa que tengo en mi archivo, y rodeándole vi que el célebre don Carlos de Sigüenza y Góngora había intentado taladrarle, pero halló resistencia. Sábese que está en el centro vacío, que tanto suena el vocablo Iztaqual. Al lado siniestro de dicha Casa del Sol se halla la de la Luna, aunque de menor tamaño y se llama Meztli Itzaqual, esto es, casa de la Luna, y alrededor se descubren los vestigios de varios montecillos todos fabricados a mano y dedicados a las demás estrellas errantes [...].>>
Francisco Javier Clavijero.-
En el siglo XVIII se dio el gran florecimiento de la conciencia criolla en Nueva España, que ya se planteaba la independencia de España. Uno de sus grandes representantes fue el sacerdote jesuita Francisco Javier Clavijero, quien continua con la tarea iniciada por Sigüenza y Góngora de desarrollar una conciencia y una identidad criollas frente a España, fundamentadas, principalmente, en la defensa y preservación de la cultura indígena prehispánica, propia de los habitantes originales de México, la cual había sido destruida en parte por los conquistadores. En este sentido los vestigios teotihuacanos, que conservaron su fama a lo largo del periodo colonial, según lo consigna Clavijero, eran dignos ejemplos de la grandeza de las culturas mesoamericanas:
<<También subsisten hasta hoy los celebérrimos templos de Teotihuacán, una legua al norte de dicho lugar y siete al nordeste de México. Estos vastos edificios que sirvieron de modelo a los demás templos de aquel país, estaban consagrados uno al sol y otro a la luna, representados en dos ídolos de enorme tamaño, hechos de piedra y cubiertos de oro. El del sol tenía una gran concavidad en el pecho y en ella la imagen de aquel planeta, de oro finísimo. Los conquistadores se aprovecharon de aquel metal y los ídolos fueron hechos pedazos por orden del primer obispo de México; pero los fragmentos se conservaron hasta fines del siglo pasado y aun quizá hay algunos todavía. La base o cuerpo inferior del templo del Sol tiene 120 toesas de largo y 86 de ancho y la altura de todo el edificio corresponde a su mole. El de la Luna tiene en la base 86 toesas de largo y 63 de ancho. Cada uno de estos edificios está dividido en cuatro cuerpos y con otras tantas escaleras dispuestas como las del Templo Mayor de México; mas ahora no se descubren, por estar en parte arruinadas y enteramente cubiertas de tierra. En rededor de aquellas construcciones se veían muchos montecillos, que según dicen, eran otros tantos templos, consagrados a diferentes planetas y estrellas y por estar todo aquel sitio cubierto de monumentos religiosos fue llamado por los antiguos Teotihuacán.>>
Guillermo Dupaix.
Con Guillermo Dupaix –viajero enviado por el rey ilustrado Carlos IV “para descubrir los sitios donde hubiera ruinas antiguas, además de objetos, estatuas y otras cosas”– y el barón Alejandro de Humboldt se cierra la actividad de visitas y reconocimientos a sitios arqueológicos a finales del siglo XVIII y principios del xix, periodo que verá nacer al México independiente (Bernal, 1979: 83-85). Una de las aportaciones a la arqueología americana por parte del barón Alejandro de Humboldt fue despertar el interés de los estudiosos europeos en los monumentos, objetos y códices prehispánicos. En uno de sus libros, Vistas de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América, Alejandro de Humboldt compara las grandes pirámides teotihuacanas con las de Egipto:
<<El grupo de las pirámides de Teotihuacan se levanta en el Valle de México, al Nordeste de la capital y a 8 leguas de distancia de la misma, en una llanura que se llama Micoatl o “Camino de los Muertos”. Existen aún dos grandes pirámides en el grupo, dedicadas al Sol [Tonatiuh] y a la Luna [Meztli] y muchas otras pequeñas que rodean a las anteriores, formando calles exactamente dirigidas de Norte a Sur y de Este a Oeste. Uno de los dos teocalis mayores tiene 55 metros de elevación perpendicular, 44 el otro; y siendo la base de Tonatiuh Iztacal de 208 metros de largo […] resulta de mayor altura que el Mycerinus […] o casi igual a la de Cephren la longitud de su base. Las pequeñas que según tradición indígena servían de sepultura a los jefes de las tribus, apenas miden 9 o 10 metros de elevación […].>>
Alexander Von Humboldt y William Bullock.-
En el transcurso de la primera mitad del siglo xix, los vestigios teotihuacanos fueron cubiertos
progresivamente por maleza, hierbas y vegetación y su memoria se hizo difusa entre la población mexicana, mas no para viajeros, científicos e historiadores como don Manuel Rivera Cambas. La existencia de Teotihuacan también era evidente entre los extranjeros que habían leído los libros de Humboldt y en los cuales se divulgaba el patrimonio americano, entre ellos madame Calderón de la Barca, Brantz Mayer, Émile Chabrand y el barón de Courcy, que nos legó una acuarela de las dos pirámides. Entre los visitantes extranjeros destaca William Bullock, viajero inglés que escribió su aventura en Teotihuacan, en la cual describe lo difícil que fue para él dar con la ubicación de las pirámides. Por cierto, Bullock hace una rara referencia a un templo sobre la Pirámide del Sol:
A pesar de tener en mis manos esta descripción minuciosa sobre las pirámides [hecha por Humboldt] no pude obtener ningún dato sobre ellas en México. Algunas de las personas mejor informadas las habían oído mencionar, pero suponían que Humboldt había sido engañado y que su descripción se basó en rumores de personas que ni siquiera las conocían […] todas las indagaciones que hice fracasaron y no fue sino hasta el final del segundo día de viaje, exactamente al entrar a Otumba cuando nos encontramos frente a estas montañas creadas por el hombre, en el valle que se encuentra más allá del pueblo […]. Primero visitamos la de la Luna, cuyos lados están bastante mutilados y derruidos […] A una media milla de la pirámide de la Luna se encuentra la del Sol, apenas un poco más pequeña que la que está cerca de El Cairo y entre ésta y en la que estábamos parados, había cientos de pirámides más pequeñas, trazadas para formar una especie de calles regulares […] [la pirámide del Sol] está construida con una argamasa roja ya dura, mezclada con grava. Al llegar a la cima encontramos una superficie plana, en la que hay un edificio de piedra de tamaño considerable que ahora está totalmente destruido.7
Historiadores del siglo XIX
El periodo convulso que va desde la Guerra de Independencia hasta la primera mitad del siglo XIX no fue muy propicio para el desarrollo de estudios arqueológicos, mucho menos para el trabajo de campo; sin embargo, el interés de los investigadores por la arqueología y por los monumentos teotihuacanos no decayó. De este modo, mucho de lo que se desarrolló en este periodo fue trabajo de gabinete. Aparecieron sociedades científicas, como la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, fundada en 1833; algunas universidades emprendieron la publicación de periódicos que incluían trabajos sobre arqueología.
Historiadores de gabinete produjeron obras más o menos originales acerca de la historia antigua de México –muchas de ellas casi superadas– o publicaron documentos inéditos sobre la época prehispánica que, aun hoy, siguen teniendo actualidad. Ambas actividades académicas integraron, en lo posible, los conocimientos arqueológicos reunidos hasta la época (Bernal, 1979: 90-91).
En cuanto a los historiadores decimonónicos destacados que escribieron sobre Teotihuacan se encuentran Manuel Orozco y Berra, mexicano, y Herbert Huber Bancroft, estadounidense, los cuales, sin hacer arqueología propiamente, usaron los datos arqueológicos obtenidos por otros y ocasionalmente por ellos mismos en sus importantes síntesis históricas, completando el círculo iniciado durante la Colonia (Bernal, 1979: 103). Orozco y Berra (1880), ingeniero y abogado, es autor de la Historia antigua y de la conquista de México, una obra que, aun con sus errores, es la mejor escrita después de la del jesuita Francisco Xavier Clavijero.
A lo largo de los cuatro volúmenes de la obra, Orozco estudia piezas arqueológicas no tanto como objetos sino como pruebas de sus afirmaciones. Describe y discute sobre casi todos los vestigios arqueológicos existentes en la República Mexicana, entre ellos Teotihuacan. Apoyado en una amplia bibliografía, Orozco contextualiza la cultura teotihuacana dentro de las culturas del centro de México y luego hace una completa descripción de la ciudad, valiéndose de algunos autores anteriores como Humboldt, a quien le dedica varios señalamientos críticos. Pero también hace uso de la Memoria de los trabajos ejecutados por la Comisión de Pachuca en 1864, a cargo del ingeniero Ramón Almaraz, documento que, en adelante, servirá de referente científico en los estudios futuros sobre Teotihuacan, como los de Frederick Ober, Manuel Orozco y Berra, Herbert Hubert Bancroft, Alfredo Chavero, por citar los más conocidos.8 En su trabajo sobre Teotihuacan, Hebert Hubert Bancroft resumió los estudios que hasta entonces se habían hecho sobre Teotihuacan, integrando así una extensa bibliografía.
Bancroft cita la Memoria de los trabajos ejecutados por la Comisión de Pachuca en 1864 a cargo del ingeniero Ramón Almaraz. Este documento permite a Bancroft proporcionar datos fidedignos, con base en fotografías y cálculos matemáticos, sobre cuestiones muy puntuales; por ejemplo, las mediciones, las escalas o los materiales con que estaban construidas las pirámides. La introducción del positivismo en México por Gabino Barreda en la década de 1860 potenciará los estudios de los historiadores que utilizan la arqueología y las evidencias encontradas en las excavaciones o en documentos. Esta corriente de pensamiento o escuela filosófica afirma que el único conocimiento auténtico es el científico, y que tal conocimiento solamente puede surgir de la afirmación positiva de las teorías a través del método científico. Según esta escuela, todas las actividades filosóficas y científicas deben efectuarse únicamente en el marco del análisis de los hechos reales verificados por la experiencia.







